jueves, 28 de diciembre de 2006

Un día más

Ella se duerme en el sofá, después de cenar, tapada con su mantita. Yo veo la tele y bebo lo que pillo en el mueble bar hasta que también me quedo dormido. Me suelo despertar entre las tres y las seis. Me traslado a la cama. A las seis y media ella se levanta, se ducha, desayuna, despierta a los niños, los viste, juega con ellos. Yo me ducho y me tomo un café. Llega la chica que lleva a los niños al colegio. Luego nos vamos nosotros al trabajo.

Yo vuelvo a las ocho y media de la tarde a casa. Bañamos a los niños, les damos la cena, les leemos un cuento, se acuestan. Después cenamos nosotros. Ella se duerme en el sofá, después de cenar, tapada con su mantita. Yo veo la tele y bebo lo que pillo en el mueble bar hasta que también me quedo dormido.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Muy bien, ¿y tú?

Una vez me di cuenta de que la gente, cuando te pregunta "cómo estás", realmente no quiere saberlo. Es una manera de saludar, una formalidad. Cuestión de educación, vamos. Desde el momento en que esa verdad me fue revelada, doy la respuesta que toca: "muy bien, ¿y tú?". Hay que ser imbécil para no haberse percatado antes. Hasta cuando estudias inglés te lo enseñan:

-"How are you?"
-"Fine, thanks, and you?"

En el cuaderno no pone "not very well, thanks for asking, anyway". No está previsto contestar, "mal" o "podría estar mejor". No hay respuestas alternativas, no debes mostrar tu estado de ánimo. Pero es que yo soy gilipollas. Me pasé más de diez años, siendo mayor de edad, diciendo lacónicamente "bueno..." o "tirando" o "regular", y en alguna ocasión "jodido". Además, esperaba que me ayudaran, o se interesaran por lo que me pasaba. Dios, no quiero ni pensar la imagen que se formaría de mí la gente. De hecho, recuerdo que algunas personas me miraban raro. Igual por eso desde entonces muchos han dejado de saludarme.

jueves, 14 de diciembre de 2006

Viaje a la capital

Dos días en Madrid en un curso sobre liderazgo. Sorpresa: está bien. El ponente parece que sabe de lo que habla, es ameno y práctico. Chasco: descubro que no soy un buen líder. Tampoco me hago cruces por ello. De malos jefes está el mundo lleno.

Duermo en un hotel-pensión en la calle Laurel. Limpio, buena cama, clientela tranquila. Barato. Como y ceno en Vips. Cuando estoy solo en Madrid voy a piñón fijo. Aros de cebolla, sandwich o hamburguesa, cerveza y café. Me meto en el cine y veo Dejà-vu. La película me entretiene, pero tengo la impresión de que han desperdiciado una buena historia.

La vuelta: descubro la sala de espera para los que tienen billete preferente en Atocha. Barra libre: cacahuetes, refrescos, cerveza, whisky, vodka... No sé por qué me limito a rellenar mi vaso de Sprite. Cuando se hace la hora de salir mi tren, aparece en el panel, en lugar del número del andén, la palabra "BUS". Me acerco al mostrador y pregunto a la azafata. Que nos pondrán un autobús para mandarnos a nuestro destino, pero no sabe ni dónde ni cuándo. Vuelvo a mi sillón y a mi Sprite. A la media hora me dicen que tampoco saben ni de dónde ni cuándo saldrá el autobús, pero que nos llevará a Aranjuez, y de ahí transbordo a un tren. Y que creen que no devuelven el importe del billete. Al día siguiente he de estar a primera hora fresco como una lechuga, tengo una presentación. Son las 21:03 horas. Ya sé por qué no he bebido: cojo mi equipaje y alquilo un coche. Paga la empresa. Como siempre, me cuesta un poco salir de Madrid, pero en media hora ya estoy en la A-3. Pongo la música a todo meter, y a mitad camino me sorprenden las balizas del parque eólico. Son como las luces de un árbol de Navidad, encendiéndose y apagándose, pero todas rojas y ocupando todo lado derecho de la carretera. Por poco me voy al arcén. El ordenadorcillo del coche me avisa de peligro de hielo en la carretera.

Llego a casa a la una. Molido. Me cuesta dormirme.

viernes, 17 de noviembre de 2006

Las manos

Tengo que averiguar si los bolsillos, como los armarios empotrados, se comunican entre sí secretamente. En tal caso, igual que ahora puedo entrar en el armario de un hotel para aparecer al instante en el de tu dormitorio, también sería posible que un objeto cualquiera introducido en el bolsillo de mi chaqueta -un anillo, una flor, una postal- cayera en realidad en el de la tuya. A ver si puedo confirmar esta hipótesis y encontrar el conducto que une todos los bolsillos del universo mundo, porque de esta manera, al meter mi mano en el bolsillo de mi pantalón, podría aparecer en el bolsillo de tu falda; así, en lugar de sentir a través del forro mi muslo, presentiría el tuyo, y al rascarme rascaría tu pierna, y al alcanzar con la punta de los dedos mi sexo estaría en realidad rozando el tuyo. Mientras esperara el autobús metería distraídamente las manos en los bolsillos y nadie sospecharía que al acariciar mis ingles y sus alrededores estaría en realidad explorando la periferia de las tuyas. Y tú, dondequiera que estuvieras -quizá en el metro o en otra parada de autobús-, percibirías mis caricias y meterías las manos en los bolsillos de tu falda, pero en lugar de alcanzar tu sexo, tropezarías con el mío. Y así, aunque separados por calles y edificios, yo me ocuparía de tu excitación y tú de la mía sin que los transeúntes ni los guardias llegasen a percibir este tráfico de manos y de sexos. Y dejaríamos dispuesto que al morirnos nos enterraran con las manos en los bolsillos para no dejar de tocarnos, primero con nuestras fallecidas huellas dactilares y después con la punta de los huesos. Y así no importaría que nuestras tumbas estuvieran muy separadas, porque por entre los forros de nuestras mortajas intercambiaríamos uñas y falanges y gusanos de seda.

Ojalá lo hubiese escrito yo, pero no. Es de Juan José Millás.