jueves, 14 de diciembre de 2006

Viaje a la capital

Dos días en Madrid en un curso sobre liderazgo. Sorpresa: está bien. El ponente parece que sabe de lo que habla, es ameno y práctico. Chasco: descubro que no soy un buen líder. Tampoco me hago cruces por ello. De malos jefes está el mundo lleno.

Duermo en un hotel-pensión en la calle Laurel. Limpio, buena cama, clientela tranquila. Barato. Como y ceno en Vips. Cuando estoy solo en Madrid voy a piñón fijo. Aros de cebolla, sandwich o hamburguesa, cerveza y café. Me meto en el cine y veo Dejà-vu. La película me entretiene, pero tengo la impresión de que han desperdiciado una buena historia.

La vuelta: descubro la sala de espera para los que tienen billete preferente en Atocha. Barra libre: cacahuetes, refrescos, cerveza, whisky, vodka... No sé por qué me limito a rellenar mi vaso de Sprite. Cuando se hace la hora de salir mi tren, aparece en el panel, en lugar del número del andén, la palabra "BUS". Me acerco al mostrador y pregunto a la azafata. Que nos pondrán un autobús para mandarnos a nuestro destino, pero no sabe ni dónde ni cuándo. Vuelvo a mi sillón y a mi Sprite. A la media hora me dicen que tampoco saben ni de dónde ni cuándo saldrá el autobús, pero que nos llevará a Aranjuez, y de ahí transbordo a un tren. Y que creen que no devuelven el importe del billete. Al día siguiente he de estar a primera hora fresco como una lechuga, tengo una presentación. Son las 21:03 horas. Ya sé por qué no he bebido: cojo mi equipaje y alquilo un coche. Paga la empresa. Como siempre, me cuesta un poco salir de Madrid, pero en media hora ya estoy en la A-3. Pongo la música a todo meter, y a mitad camino me sorprenden las balizas del parque eólico. Son como las luces de un árbol de Navidad, encendiéndose y apagándose, pero todas rojas y ocupando todo lado derecho de la carretera. Por poco me voy al arcén. El ordenadorcillo del coche me avisa de peligro de hielo en la carretera.

Llego a casa a la una. Molido. Me cuesta dormirme.

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