domingo, 16 de septiembre de 2007

On the road



"Cuando en 1964 hice mi primer viaje a San Francisco estaba en plena ebullición la novela On the road, de Jack Kerouac, de cuya publicación se cumple ahora el cincuenta aniversario. La estampida se había iniciado unos años antes desde Nueva York. Por todas las carreteras de California se veían jóvenes a bordo de cadillacs desvencijados o sacando el dedo en la cuneta, con vaqueros raídos, botas podridas, camisas abiertas de leñador y un saco de lona al hombro lleno de abalorios entre los que brillaba una navaja para fabricar amuletos de cuero o desollar iguanas. Parecía que el demonio había reventado a aquellos jóvenes por dentro. Cambiaban de oficio cada semana huyendo, dormían en el punto del camino donde les pillara el sueño y se apareaban bajo los olmos o en medio de campos de alfalfa o en los retretes mugrientos de las estaciones del ferrocarril. Su pensamiento consistía en caminar. Eran a la vez libres y descoyuntados, metidos en la tarea de improvisar su existencia, de estar en todas partes y en ninguna. Recién llegado de una España gris marengo y de maestros escolásticos con un forúnculo en el pescuezo quedé admirado ante la libertad que tenían estos jóvenes para inventarse a sí mismos todos los días a la salida del sol. Tal vez Dean Moriarty y Sal Paradise andaban caminando aún por San Francisco con las manos metidas en el bolsillo trasero del pantalón de aquellas chicas que iban descalzas por las aceras de Haight-Ashbury. De allí comenzó a salir el humo de marihuana que inundó el mundo. Había que hacer algo. Por mi parte regalé el reloj, me quité la corbata y me fui al sur, me tumbé en las praderas del campus de La Jolla y después llegué a Tijuana, donde me hice retratar con sombrero mexicano junto a un burro pintado de cebra y comía calaveras de chocolate. En aquella ciudad de frontera los cabarets de strip-tease, las farmacias y los bares no tenían puertas. Los beatniks pasaban por allí camino del golfo de Cortés para ver cómo se apareaban felizmente las ballenas aunque su vida agónica no era nada comparada con el fragor de la balacera que en Tijuana podía establecerse en cualquier esquina por una mala mirada. Llegó un día en que los beatniks dejaron de caminar. Algunos murieron y otros se hicieron burócratas. De las botas podridas de estos beatniks germinaron los hippies, pero fueron ellos los que convirtieron en filosofía, hace 50 años, esta locura en que se agita todavía el mundo: vivir consiste solo en huir detrás de un sueño hasta reventar."

(Manuel Vicent, El País, 16 de septiembre de 2007)

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Otro día de mierda-día en Madrid 3

Parecía que iba a empezar mejor. Me levanto, me ducho, desayuno. Vuelvo a la habitación, ya estaba limpia. Empieza a sonar el teléfono. Recibo una orden confusa de mi jefe. Toda la mañana hasta que consigo descifrarla: ni mi jefe ni los jefes de mi jefe conocen el negocio. Hemos perdido una mañana preciosa.

Mierda. Mierda. Mierda. Tengo que poner distancia.

martes, 11 de septiembre de 2007

Otro viaje a Madrid. Días 1 y 2

De nuevo por Madrid. Intento meter en un solo post todo lo que se me ha pasado por la cabeza desde que me subí al tren.

El efecto clase preferente: bajar borracho del vagón en la estación de destino. Llego al hotel, dejo la maleta y salgo zumbando para llegar a tiempo a clase. Las mismas caras. Profesores distintos. Un tostón. Me pregunto para qué cojones tenemos que gastar tiempo y dinero en echar una tarde viendo cifras y gráficos que no tienen demasiado interés. Ceno en Vips. Mismas camareras. Llego al hotel, enciendo la tele. Hablo por teléfono con mi mujer, veo la tele y me duermo.

Segundo día. Me despierto pronto, veo las noticias, llamo por teléfono. Me meto en una conference-call absurda con mi jefe y otra gente del trabajo. Varias llamadas. Aún estoy en calzoncillos, no me he duchado, no he tomado café, son las doce. Procedo: me ducho, tomo café. Me acerco al Reina Sofía: martes, cerrado. Media vuelta. Paseo del Prado, Museo del Prado. Exposición temporal: Patinir. Me recuerda a El Bosco.




Como en Vips. Más llamadas. Llego al hotel: la habitación sin hacer. Me tumbo. Llega la doncella (¿aún se les llama así?). Salgo y le dejo hacer su trabajo. Vuelvo a clase. En contra de lo esperado, el profesor es EXCELENTE. Me llama la atención algo que, en realidad, estaba previsto: antes del verano, un ponente (catalán, con un acento muy cerrado) puso algunas diapositivas con texto en catalán. Un tipo-alumno que se considera gran jurista (se sabe el Título I de la Constitución de memoria, cosa que se empeña en demostrar siempre que tiene ocasión) le indicó que debería haber traducido los textos al castellano (aunque se entendían perfectamente). Hoy, el profesor (vasco, esta vez) nos casca un powerpoint en inglés. Nadie dice ni pío. La verdad es que no me sorprende, pero me da algo de pena. Por cierto, un compañero le da un repaso al gran jurista y le tapa la boca por un ratito. A ver cuanto le dura.

Salgo de clase. Mensaje de mi mujer. Le digo que me llame, si puede. Me voy a cenar. Para variar, de tapeo. Ceno bien y barato. Salgo a la calle, y miro a la gente por si me encuentro con eZcritor. No le veo. Estoy en lo que él dice que es su barrio. Me meto en un irlandés a tomar una copichuela. Llama mi mujer. Nos ponemos mutuamente al corriente. Después de colgar, estoy un rato mirando su foto. De paso, aprovecho y borro un montón de fotos gilipollas que tenía en la tarjeta del móvil. Apuro la copa, pago y vuelvo al hotel. Escribo esto y compruebo el correo. Hasta mañana.

jueves, 6 de septiembre de 2007

¿Kitesurf o katesurf?

Hay un tipo que vive donde veranean mis padres. Es una urbanización de playa, pija-pija. El sujeto en cuestión pasó siempre sus vacaciones allí, desde pequeño, haciendo windsurf, todo el día en la puta playa o jugando al frontenis con la pandilla. Se quedó en la adolescencia, por lo visto, y decidió que su vida fuera un verano: se casó con su novieta de siempre, se hizo un chalet en la urbanización pija-pija, se compró un quad para llevar los trastos de katesurf o kitesur (según unos u otros, caitsurf en cualquier caso) y en otoño, cuando ya no queda nadie, es el puto amo del lugar.

La gente lo toma por imbécil. Igual lo es. O no. Pero mientras nosotros nos cagamos en el ruido del camión de la basura, en el botellón o en la mierda de transporte público que tenemos, por decir algo, él ve las estrellas, escucha el sonido de las olas y huele el salitre del mar.