miércoles, 24 de octubre de 2007

Viaje alucinante

Otra vez en el tren hacia Madrid. Más o menos misma zona del vagón. En el pasaje hay bastante inconformismo: nadie se sienta en su sitio. Que si me cambia el asiento para ponerme con mis amigas, que si puedo sentarme ahí porque me duele la cadera o es que necesito estirar la pierna, que tengo un esguince. El interventor flipa un poco y deja hacer. En Játiva se sube una pija que reclama su plaza junto a la que ocupa el del esguince, luego dice que le da palo (literal) y se busca otro hueco. Pero en Albacete se ve ella misma desplazada por un nuevo viajero y acaba junto al cojo. La moza no está mal, pero se ha cascado dos o tres benjamines. O sea, va algo achispada. El tipo le dice alguna que otra palabra amable, y ella se engancha. El muchacho resulta ser un empleado de mi misma empresa, cuyo nombre me suena aunque nunca nos habíamos visto. Le reconozco por el papel con membrete que exhibe y porque intenta hacer alguna llamada por el móvil (los móviles no quieren funcionar en el Alaris, pero él no lo sabe, pobre) y cada vez que lo hace se identifica. La ciudadana que se sienta a su lado sigue dándole palique y empinando el codo: más benjamines, vino, pacharán. Es una osssea, y como arrastra bastante la lengua, se le nota más. Azafata de Air-No-Sé-Qué, economista, 38 años, auxiliar de clínica, no para de hablar. Me recuerda a mi primera jefa cuando estaba algo pasada de copas. Además, tiene la misma edad que ella cuando trabajamos juntos. Tantos benjamines, vinos y pacharanes hacen su efecto y la tipa se tiene que levantar a mear. Me apiado del compañero y me presento. Empezamos a comentar algunas cosillas del trabajo. Ella vuelve de mear. Se mete en la conversación y se empeña en decir que soy abogado. No sé qué idea tendrán ustedes de los abogados, pero ni llevo traje, ni corbata, ni siquiera me peino ni me afeito. Luego me dice que lo parezco por la pinta de paria que tengo. Igual sólo conoce a penalistas. A estas alturas la tipa ya lleva una cogorza de que te cagas. El del esguince, para aliviar la tensión del tensoplast que lleva, se quita el zapato.

Y la vecina le coge el pie y empieza a hacerle un masaje.

Intento no poner demasiada cara de alucine. Empieza ella a decir que le molan mogollón los pies, y todo ese rollo piedófilo que no comparto (digamos que soy de los piedófobos: si puedo, cuando follo, me dejo los calcetines puestos, para evitar tentaciones). Expreso a la espontánea masajista mi asco por esa parte del cuerpo humano. Ella se sorprende, se ríe, y pedo como va, me dice: cómeme el pie!" No tengo más remedio que contestarte: "yo te como lo que quieras menos el pie". Carcajada etílica. Pero ella no suelta el pinrel del colega. Al final, llegamos a Atocha, y ella confiesa: "estoy un poco borracha". Nos despedimos.

Vaya viaje.

1 comentario:

Effie dijo...

Ustedes, los de preferente, están locos.

:)