jueves, 17 de enero de 2008

Alternativas

Tengo hambre. Debería comer. Cojo la chupa, el casco y los guantes. Me acerco al horno a comprarme un bocadillo. 2,80 euros un panecillo con pimiento asado, bacalao y alguna aceituna. Me lo como paseando. Veo una misión de la Iglesia Evangelista. Hay cola de mendigos, supongo que para la sopa boba. Me pregunto si yo desentonaría mucho en esa cola.

Me he acabado el bocadillo. Voy hacia la moto. Veo a dos amigas que salen de la biblioteca. Se me acercan, nos besamos, push, push. Están nerviosas, tienen un examen. Jijí, jajá. Me pongo el casco, me subo a la moto y la arranco. Llego al primer stop, lo paso. ¿Sigo recto o giro a la izquierda? A la izquierda. Continúo mi camino. Otra vez dudo: ¿recto o derecha? Si voy recto, puedo ir a casa o a dar un paseo por la carretera. Si giro a la derecha, no voy a casa. Giro a la derecha. Pero al final de la avenida, la última oportunidad: ¿izquierda o recto? No me acordaba que girando a la izquierda también llegaba a casa. Recto. A la carretera. Antes del túnel, me coloco las gafas. Viento. Me hincho como un globo. Paro aquí:


Me siento en un escalón que está justo al pie de la imagen. Oigo el agua. Platch. Platch. Platch. Platch. Hace algo de poniente y La Albufera está revuelta. El próximo día que haga poniente iré al otro lado de la gola para ver el mar como una balsa de aceite.

Después de trescientos o cuatrocientos "platch" vuelvo en mí. Me levanto. Me pongo el casco, los guantes. Arranco la moto. Pasa hacia Valencia una Springer bastante modificada. Detrás, cuatro coches. No puedo adelantar para verla, espero a llegar a la autopista. Ahí me pongo enseguida detrás suyo. Matrícula reciente. Retrovisores de 2003 o posteriores, montados del revés. Aunque el dibujo del depósito es muy muy retro. No sé. Adelanto, pero no puedo fijarme mucho en el compañero. Saludo con la mano. Miro por el retrovisor, para ver si me devuelve el saludo. O lo ha hecho muy rápido, o no me ha saludado. Paso. Llego otra vez al túnel. Suelto las manos del manillar y me quito las gafas de ventisca.

Bar Congo. Me quedo mirando y pienso que el día que se jubilen los camareros, ya no será lo mismo. Me digo que por qué no me quedo yo el bar cuando lo traspasen. ¿Sería capaz de mantener el gesto inmutable de los camareros del Bar Congo? A ninguno de los dos les he oído jamás decir una palabra más alta que otra. En realidad nunca les he oído decir nada, aparte de lo que cuesta una caña.

Una fachada en rehabilitación. Sé que ahí un arquitecto-promotor tiene su estudio. ¿Por qué no rehabilita él su propia fachada? ¿No querrá líos con los vecinos? ¿Sabrá que son malos pagadores?

Llegando al trabajo, veo a la auxiliar de la farmacia de al lado. Leyendo por la calle. Siempre va leyendo. Alguna vez la he visto salir del metro, leyendo. Yéndose a casa, leyendo. Cada día esperando a que acabe su jornada para leer. Llegará a su apartamento, se pondrá el pijama, hará la cena y leerá. ¿Se meterá en la cama directamente o se tumbará un rato en el sofá? ¿Se preparará un poleo, manzanilla, té verde para no dormirse, o una copita de jerez dulce, tostadillo, pedro ximénez o similar? ¿Se quedará dormida leyendo? ¿Qué hará los domingos?

Un chaval que tiene una Harley, y que trabaja en el mismo sitio que yo, ha aparcado su hierro en un sitio distinto al habitual. ¿Por qué? ¿Se habrá enterado de que cuando se marcha le oigo? ¿Le habrán contado que digo que su Sportster suena como un Citroën dos caballos? ¿Se habrá encontrado con algún estudiante sentado en su moto, y no le habrá gustado, y por eso la aparca lejos de la puerta de la biblioteca?

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