domingo, 24 de febrero de 2008

Guía para políticos principiantes

Instrucciones: se empieza por la primera casilla de la primera columna, después a cualquier otra casilla de la columna II, después a la III y después a la IV, siguiendo después por cualquier otra casilla de la primera columna, y continuando así, de columna en columna, sin importar el orden. 10.000 combinaciones para un discurso fluído de 40 horas.

sábado, 16 de febrero de 2008

El Imbécil

Me llamo Jipy Super Loser, aunque mis amigos me llaman El Imbécil. La historia de ese apodo es como las historias de todos los apodos: un día alguien se dirigió a mí llamándome imbécil y yo acusé recibo con naturalidad. Ese alguien siguió llamándome imbécil, y yo respondiéndole como si fuera mi nombre de pila, y cuando me di cuenta, me había convertido en El Imbécil. Qué le vamos a hacer. Peor hubiese sido que me llamaran El Cebolla, o El Atún. O El Atún-con-cebolla. Eso sí que sería vergonzoso.

No tengo una tienda de bicis, pero me gustaría tenerla. Trabajo en un bar. Ni siquiera es mi bar. Es de un señorito andaluz que viene todas las noches a beber whisky de malta y a vaciar la caja. Nunca aparece por la mañana. De hecho, el amo piensa que el bar abre sólo a partir de las 5 de la tarde. Eso, en realidad, es muy conveniente: por las mañanas, sirvo desayunos populares (tostada o curasán, café y zumo, 5 euros) y me quedo con toda la recaudación. Bueno, tengo que dejar algo para pagar al del horno. A la una cierro, me quito el mandil, me voy a casa, como, me ducho y vuelvo a las cuatro y media para abrir otra vez. Entonces me pongo un esmoquin blanco. Un bar de copas con cierta clase debe tener un camarero con esmoquin. Y el blanco, pues como que es mejor. Cuando está sucio lo meto en la lavadora con un poquito de lejía y como nuevo. Me dicen que ya empieza a amarillear, pero yo contesto que es por la luz. Y si me llaman para servir en la barra libre de una boda, pues me lo pongo. Todo el mundo se me queda mirando de lo elegante que voy. En las bodas, digo. En el bar formo parte del mobiliario.

Aunque supongo que algo debe notarse mi presencia, porque al bar donde trabajo le llaman el bar del Imbécil.

Me gusta hablar con los clientes. Si veo que la conversación languidece y el bebedor de turno empieza a pensar en cambiar de parroquia, le cuento lo primero que se me viene a la cabeza: que cuando cumpla los cuarenta dejaré el curro y me montaré una tienda de bicis, o que en mis últimas vacaciones un león entró en mi tienda de campaña y lo tuve que matar con un cortauñas, o que el agua que sale en las fotos del Taj Mahal es en realidad una meada mía que tuve que evacuar en situación de emergencia después de haberme bebido toda la cerveza de Delhi.

De vez en cuando, sólo por acompañar y cuando me invitan, me sirvo un chupito de Cardhu.

La gente me cuenta sus historias. Creo que en vez de montar una tienda de bicis, cuando cumpla los cuarenta, me dedicaré a dar conferencias sobre todas las cosas que estoy aprendiendo en la barra del bar.

Esto es algo raro

La página de acceso a Blogger me aparece en ¿coreano? y juro que no he cambiado el ordenador de sitio. Para que veáis que no me lo invento:

jueves, 14 de febrero de 2008

Kurtz


“He visto cosas horribles… cosas horribles como las que usted ha visto. Pero no tienen derecho a llamarme asesino. Tienen derecho a matarme. Tienen derecho a eso… pero no tienen derecho a juzgarme. Es imposible explicar con palabras lo que hay que hacer a aquellos que no saben lo que significa el horror. Horror. El horror tiene cara… y tienes que hacerte amigo del horror. El horror y el terror son tus amigos. Si no son tus amigos, entonces son tus enemigos. Son enemigos reales.

Recuerdo cuando estaba en las Fuerzas Especiales… parece que han pasado siglos… nos internamos en un poblado para infectar a los niños. Abandonamos el lugar después de haber infectado a los niños con el virus de la polio... entonces apareció un anciano corriendo tras nosotros, llorando. Estaba ciego. Volvimos a ver que pasaba, y ellos estaban allí, les habían cortado a los niños todos los brazos infectados. Allí estaban apilados, una pila de bracitos. Y recuerdo que lloré. Lloré como una vieja. Quería arrancarme los dientes. No sabía lo que quería hacer. Y quiero recordarlo. No quiero olvidarlo nunca. Y entonces me di cuenta… como si me hubiesen disparado… como si me hubiesen disparado un diamante… una bala de diamante atravesándome la frente… y pensé: Dios mío… que genialidad. El genio. La voluntad de hacer aquello. Perfecto, genuino, completo, cristalino, puro. Y entonces me di cuenta de que ellos eran más fuertes que nosotros. Porque ellos podían hacer aquello sin considerarse monstruos… eran hombres… tropas entrenadas… eran hombres que luchaban con el corazón, que tenían familias, que tenían hijos, que estaban llenos de amor… pero tenían la fuerza… la fuerza… para hacer aquello. Si yo tuviera diez divisiones de esos hombres nuestros problemas aquí terminarían rápidamente. Has de tener hombres que sean honestos... y al mismo tiempo que sean capaces de usar sus instintos primarios para matar sin sentimiento… sin pasión… sin juzgar… sin juzgar… porque el juicio es lo que nos hace vulnerables”.

Traducción libre del guión de Apocalypse Now.

lunes, 11 de febrero de 2008

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Enviamos cartas a ese amigo que no tenemos. Evacuamos la mierda que no queremos que ensucie a los que viven con nosotros. Escribimos el artículo que un periódico de papel nunca publicará, el poema que jamás saldrá de una imprenta, el relato corto que nadie premiará.

Llevamos un diario, el de la persona que creemos ser, el de la persona que nos gustaría ser, el de la persona que detestamos ser.

Quizá queramos ser famosos, tener el mayor número de visitas, de comentarios, ganar un concurso de blogs. Que nos chupen la polla.

Soledad, desahogo, fantasía, frustración, nostalgia, ambición. Sonrisas y lágrimas. Tedio.

Lo que pueda parecer más chorra, pueril, repetitivo, cortado-y-pegado, analfabético, egocéntrico, tiene sentido. Lo borrado, también tiene sentido.

Todo cuenta.

domingo, 10 de febrero de 2008

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domingo, 3 de febrero de 2008

Bobby Fischer


El doctor Skulason, que pasó muchas horas junto a Fischer en su última etapa, hablando de todo tipo de cosas, desde la teoría de los sueños de Freud hasta la perfidia de Estados Unidos en Irak, dice que había un gran abismo entre la capacidad mental del genio del ajedrez (según dice el psiquiatra, tenía un coeficiente de inteligencia superior al de Einstein) y el mundo emocional infantil en el que estaba atrapado. "Veía la vida como la ve un niño pequeño, e, igual que un niño, siempre quería salirse con la suya y se enfadaba si se le negaba algo", explica el doctor Skulason, hombre de cejas espesas de un fuerte parecido a Sigmund Freud, que habla con tanta concentración que durante un buen rato, en nuestras dos horas de conversación, tiene los ojos cerrados [...].
El doctor Skulason pasó la última noche que durmió Fischer en casa, 48 horas antes de morir, acompañándole en su piso, junto a su lecho. "Yo hablaba en monólogo y él se quedaba dormido, como un bebé. Luego se despertaba con dolores y molestias, y yo exprimía unas uvas y le daba un vaso de zumo, o un poco de leche de cabra, que, por desgracia, no conseguía retener. Una vez se despertó, me dijo que le dolían los pies y me pidió que se los masajeara. Yo lo intenté, le acaricié suavemente, y entonces dijo las últimas palabras, las últimas dirigidas a mí y, que yo sepa, a cualquier otra persona. Cuando sintió que le tocaba dijo, con una voz de una suavidad terrible: 'No hay nada que alivie el dolor como el toque humano".

Copiado de "LOS ÚLTIMOS DÍAS DE FISCHER . Partida perdida, Bobby". Reportaje de John Carlin. El País, 27/01/2008.