domingo, 3 de febrero de 2008

Bobby Fischer


El doctor Skulason, que pasó muchas horas junto a Fischer en su última etapa, hablando de todo tipo de cosas, desde la teoría de los sueños de Freud hasta la perfidia de Estados Unidos en Irak, dice que había un gran abismo entre la capacidad mental del genio del ajedrez (según dice el psiquiatra, tenía un coeficiente de inteligencia superior al de Einstein) y el mundo emocional infantil en el que estaba atrapado. "Veía la vida como la ve un niño pequeño, e, igual que un niño, siempre quería salirse con la suya y se enfadaba si se le negaba algo", explica el doctor Skulason, hombre de cejas espesas de un fuerte parecido a Sigmund Freud, que habla con tanta concentración que durante un buen rato, en nuestras dos horas de conversación, tiene los ojos cerrados [...].
El doctor Skulason pasó la última noche que durmió Fischer en casa, 48 horas antes de morir, acompañándole en su piso, junto a su lecho. "Yo hablaba en monólogo y él se quedaba dormido, como un bebé. Luego se despertaba con dolores y molestias, y yo exprimía unas uvas y le daba un vaso de zumo, o un poco de leche de cabra, que, por desgracia, no conseguía retener. Una vez se despertó, me dijo que le dolían los pies y me pidió que se los masajeara. Yo lo intenté, le acaricié suavemente, y entonces dijo las últimas palabras, las últimas dirigidas a mí y, que yo sepa, a cualquier otra persona. Cuando sintió que le tocaba dijo, con una voz de una suavidad terrible: 'No hay nada que alivie el dolor como el toque humano".

Copiado de "LOS ÚLTIMOS DÍAS DE FISCHER . Partida perdida, Bobby". Reportaje de John Carlin. El País, 27/01/2008.