domingo, 28 de septiembre de 2008

Bisturí eléctrico - 2

Estaba en casa de sus padres, con éstos, sus hermanos y cuñados, sobrinos, novia. Acababan de comer, los niños estaban viendo la tele, y los mayores leían o dormitaban en los sofás. Raúl estaba, como casi siempre, deprimido. Se encaró con ellos, y sin prólogo, preámbulo o introducción alguna a lo que iba a decirles, empezó su discurso:

-Vosotros diréis que estoy equivocado, o que estoy exagerando, o que soy un paranoico, y puede que lo último sea cierto. Pero no esperéis que cumpla con mi papel de hijo y empleado, que continúe trabajando en algo que me pone enfermo para que con mi nómina pague los recibos, que ponga buena cara en reuniones familiares que ni me van ni me vienen. No lo esperéis si cuando yo os digo que estoy verdaderamente jodido, que me encuentro mal, vuestra respuesta es que lo sentís, pero que vais a seguir con vuestra marcha diaria. O ni siquiera eso: os incomodáis con mis salidas de todo y os ponéis a mirar hacia el Peñón de Ifach. Si creéis que que ante eso me voy a quedar con los brazos cruzados, estáis muy, pero que muy equivocados.

Raúl salió dando un portazo. Hizo una llamada desde su móvil al buzón de voz. Cambió el saludo estándar por uno personalizado: Hola, soy Raúl, estoy hasta los cojones, no me busques. Subió a un taxi y dió su dirección. Por el camino le pidió al taxista que parara en un cajero automático y sacó 20 euros, lo mínimo que pudo, para pagar la carrera. Ya en su casa buscó una mochila verde, metió dentro el portátil, tres mudas y un neceser. Buscó las llaves del coche y puso el móvil a cargar. Triángulando me localizarán. Y las cámaras de tráfico me fotografiarán. Así que se fue con el móvil, la visa, el coche, la mochila. Salió a la calle y condujo hacia la A-7, dirección Barcelona. A la altura del radar fijo de Puzol aceleró hasta poner el coche a 150 kilómetros hora y se cambió al carril izquierdo. Siguió por la CV-10 hasta el desvío de La Pobla Tornesa. Se detuvo en la estación de servicio de Sant Pau. Pagó con visa. Buscó un hotel para dormir. Rellenó la ficha de huéspedes con sus datos. Decidió pasar allí un par de días. Compraba en el ultramarinos del pueblo más próximo, pagaba en metálico pero iba todos los días al cajero automático. Pasaba con su coche por delante del cuartel de la Guardia Civil. Cocinaba en su habitación.

El tercer día fue a comer al bar. Pagó con la visa.

Nadie llamaba a su móvil.

Nadie triangulaba.

Nadie rastreaba los movimientos de su tarjeta de crédito.

La policía no le buscaba.

Al cuarto día pidió la cuenta en el hotel y se subió a su coche. Volvía a casa. Iba despacio, desganado, casi dejándo que el Audi le llevara, como un borrico que conoce el camino hacia el establo. Al fin llegó, aparcó, cogió su mochila y subió las escaleras. Aunque tenía llaves, llamó. Abrió su novia.

-¿Me perdonas? -preguntó él.
-Pasa -contestó ella. Lo miró de abajo a arriba y se detuvo en la mochila.
-Supongo que ahí llevarás tu ropa sucia, ¿no?
-Sí -dijo él con la cabeza gacha.
-Métela en la lavadora, date una ducha y cámbiate. Estás que das asco. Ah, y han llamado de tu trabajo. Que si no te han secuestrado, que no hace falta que te molestes en volver.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Triste vida no?...Por eso no me voy yo de casa ,no vaya a ser que nadie me eche de menos y tenga que tirarme al rio seco de mi pueblo y encima me haga pupa.
canetera