viernes, 5 de septiembre de 2008

Resumen del paréntesis estival - versión 2

Este verano, cuyos principales hitos han sido a) el descubrimiento de que la única recompensa por aprender a sexar pollos es la posibilidad de convertirte en sexador de pollos de por vida y b) la batalla para que los niños terminen los deberes, que en ocasiones ha tenido lugar hasta dos veces diarias y que ha incluido gritos, lloros y amenazas (va a ser imposible que esto no deje huella en las pobres criaturas, espero que no sea demasiado grave) digo, este verano he visto Hancock, he leído The Watchmen (que contrariamente a lo que dice la Wiki, no significa "Los vigilantes", sino "Los hombres-reloj-de-pulsera"), dos novelas de Eduardo Mendoza (Pomponio Flato no, lo siento) y El Mundo de Millás (genial). Después, agotado por un esfuerzo al que no estoy habituado (leer) me he dedicado a las revistas del corazón y del motor, ya que para mi desgracia no soy aficionado a los deportes mayoritarios (fútbol). Esto me ha servido para comprobar (una vez más) que las publicaciones de custom son una puta mierda y para prometerme a mí mismo (una vez más) no volver a comprar jamás una de éstas. También he tenido sustanciosas conversaciones playeras: he debatido sobre los pobres y los ricos con un portugués que a pesar de tener mi misma edad me hablaba de usted (serán las canas). Yo bromeaba acerca de la conveniencia de tener un yate como el de George Clooney (en realidad era el de Cindy Crawford, George que yo sepa no tiene yate, pero este verano ha pasado unos días de vacaciones en el de Cindy) y el portugués aseguraba que él no quería un yate así. Afirmaba que seguramente George le envidiaría a él, por joven y sano, y que no necesitaba su barco. Yo, bajo la visera de mi gorra y tras mis gafas de sol, pensaba a) que George, aunque algo más mayor que mi luso interlocutor, parece bastante sanote y en forma; b) que servidor no se encuentra tan bien como para que le envidie un galán cincuentón de Hollywood; c) que no conozco a nadie que de verdad quiera cambiarse por otro: en el fondo todos creemos que somos los mejores, somos cojonudos, y d) que esto era lo que posiblemente le pasaba al portugués, además de confundir el ser con el tener.

Yo tampoco me cambio por George Clooney, sólo quiero el barco de Cindy.

Vaya verano.

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