miércoles, 10 de diciembre de 2008

Manifiesto

Salgo del garaje. Huele a porro. Son los albañiles que están trabajando en el local de enfrente. Hace frío, quito el estárter y bajo la visera. Por el camino, desde la moto, veo a Z. Z es una chica de la que me enamorisqué en el último año de colegio. Está más o menos igual que entonces. Veo a mi primo el farmacéutico, conduciendo un coche pequeño, camino de su farmacia. También al director de banco canoso, en la esquina, sonriendo. Siempre sonríe. Me acuerdo de una chica que también sonreía siempre. Me dijeron que en realidad no sonreía, que tenía parálisis facial y parecía que sonreía, pero no. A pesar de saberlo, cada vez que me la cruzo, le sonrío a modo de saludo, no puedo evitarlo. Me imagino que estará acostumbrada, o no. O pensará que la gente es amable. O que la gente es gilipollas. O que yo soy un gilipollas.

Vuelvo a lo mío. Después de meterme por una red de callejuelas, aparco la moto en un sitio donde veo más motos aparcadas y donde me han dicho que la policía no pone multas.

Entro en mi oficina. Huele a cerrado, está mal ventilada. Los ordenadores, fotocopiadoras, impresoras, son viejos.

Leo el correo rápidamente y me incorporo a una reunión a la que estaba convocado. Me muestran un procedimiento para hacer algo. Cuando pregunto qué cosa es ese algo, me dicen que eso aún no se sabe. Pregunto para qué sirve ese algo, y me contestan que "ya se verá". Es un procedimiento cojonudo para hacer una cosa que no sabemos qué es ni para qué sirve. Pongo cara de pasmo y me preguntan si todo está bien. Digo que sí. Hay que mantener la coherencia.

Asisto a reuniones de este tipo a diario. Los papeles se acumulan en mi mesa.

Salgo a tomar algo en el bar del mercado. Paso por calles del casco antiguo, donde aún quedan algunos comercios a la vieja usanza. Una bodega. El bodeguero tiene a un niño pequeño en brazos, puede que sea su nieto. Una tienda en la que venden trozos de mineral y insectos pinchados en agujas entomológicas. Una peluquería bastante rancia. Un escultor taxidermista en la puerta de su estudio, aparentemente sin demasiado trabajo. Un par de muchachos con ropa de faena, sentados frente a una mesa en la calle, tomando café con leche, leyendo el periódico y fumando.

Pinturas al óleo, paletas, pinceles, bastidores y lienzos.

Un bar donde no sirven cafés.

Una tienda de cámaras fotográficas de segunda mano.

Una casa donde reparan lámparas antiguas. La regenta una mujer mayor que confunde la mercancía e intenta colocar a un cliente una lámpara que no era la suya: -"por lo que me dice, ésta es mejor, la suya era de latón, ésta es de bronce"- dice. -"Pero no es la mía"- contesta el cliente, entre la indignación y la sorpresa.

En el bar del mercado ya me conocen. Pido bocadillo y caña. Me atiende el camarero joven, que no es el que lo hace normalmente. Cuando Manolo, que es quien me atiende normalmente, ve al joven preparar el bocadillo, se sorprende. Siempre pido medio. Levanta la cabeza y me pregunta -"¿entero o medio?"- . Entero, hoy vengo con hambre.

El charcutero me saluda. Éramos compañeros en el colegio. Parece que le va bien. Se interesa por mi madre.

Vuelvo a la reunión kafkiana. Pausa para comer, turno de tarde más o menos igual, pero con las oficinas desiertas. Acaba la jornada. Cena, cama. Estoy reventado. Duermo nueve horas seguidas.

Pero todo es lo mismo. Es todo igual. Igual a cualquier otra cosa.

No sé qué estoy haciendo.

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