domingo, 31 de mayo de 2009

Hijos de Eva

Curita, como llama su amigo del alma a Francisco Camps, no, pero católico ferviente, sí. No lo digo porque yo sepa de su vida privada, sino porque la ostentación pública de su fe así me lo ha enseñado. Y si yo fuera un católico como él, con el alma limpia como una patena para ir a comulgar, no estaría tranquilo con que a la gente no le interese nada el caso Gürtel, como dijo en Alicante hace ahora ocho días. Y no sólo por lo que eso supone de pérdida de sentido del pecado por parte de la gente, sino porque el reino del diablo se impondría así en nuestra ciudadanía sobre el reino de Dios, que es el que Camps tiene por suyo. Pero él no sólo parecía tranquilo por la falta de interés de la gente por los asuntos de corrupción, sino que se mostraba eufórico porque esa falta de interés le augure buenos resultados en las elecciones europeas. Y no es que yo conceda la razón a quienes se han atrevido a pensar que todo este lío, con trajes incluidos, pero no sólo con trajes, ha sido inventado por el mismo honorable president al sólo objeto de ofrecerle una victoria a Mayor Oreja.

Pero malos pensamientos tiene cualquiera. Yo mismo los he tenido y he corrido a confesarlos. Creía el cura que a mi edad eran pensamientos eróticos y tuve que aclararle que, conocidas las casi eróticas conversaciones de Camps con el Bigotes, llegué a pensar mal del presidente. Quiso el presbítero imponerme mayor penitencia que a un muchacho obstinado en la masturbación, pero comprendió de pronto que el diablo tecnológico es muy persuasivo y me aplicó un atenuante. La verdad es que acudí al confesionario al sentirme un inquisidor del siglo XXI, aludido por Rajoy, pero en pleno acto de contrición advertí que para la Iglesia un inquisidor no era cosa mala y, si para la Iglesia no lo ha sido, deduje que tampoco debía serlo para Camps. En todo caso, a la vista del júbilo con que Camps y los suyos entran y salen del juzgado o afrontan todo lo relacionado con presuntas anomalías en la decencia —la sonrisa es salvadora—, no se puede decir que estén viviendo un calvario, sino que lo único que preparen sea una gloriosa Pascua para el 7 de junio.

Y aparte. Ya sé que si Camps se declara inocente ante el juez en cuanto se le imputa no va a mentir a los ojos de Dios, de modo que de ningún lugar debe salir más contento y sonriente que del confesionario, lo acompañe o no Rita Barberá al sacramento de la penitencia, muerta de risa. Pero una cosa es que él no tenga pecado, ni el confesor precise de conversaciones grabadas para darle su absolución, y otra muy distinta que dé por bueno que la gente no se escandalice ante el pecado. Cuando lo dijo temí por su alma de benéfico hijo de la Iglesia, lo recordé entre pétalos de rosas acompañando en mayo a la Mare de Déu, más virgen patrona él que la celestial señora. Recordé a los fieles que guardaban pétalos de los dispuestos para la Virgen para hacerlos caer sobre su cabeza como sobre la testa de un mártir aureolado.

Yo no me atrevería a asegurar que el president valenciano dice en su Parlamento autonómico lo mismo que a su confesor, pero supongo que a su confesor no lo engaña. Otra cosa es que el confesor tenga de la ejemplaridad el mismo concepto que Rajoy de Fabra. Y si así es —pecaditos veniales los regalos— no me extrañaría nada que sus devotos estén preparando ya los pétalos de rosa, no para cuando Camps acompañe a la Mare de Déu en su procesión, sino para cuando paseen en procesión solemne a san Francisco Camps.

Terminator Salvation

Prosigamos


martes, 26 de mayo de 2009

¿El presidente es Blasco?

A la luz de lo acontecido en las últimas semanas parecería que el presidente de la Generalitat ha entrado en otra dimensión. A bote pronto podría dar la impresión de que es Francisco Camps quien reina y Rafael Blasco quien gobierna. Pero, no. No es cierto. O, al menos, no es cierto del todo. Porque lo que no está nada claro es que en los últimos meses haya alguien al frente de un Consell que merezca ser considerado como lo que se supone que es: el Gobierno autonómico. No, aquí no hay Gobierno y eso lo reconocen propios y extraños pasando por los empresarios, los cuadros de la Administración y, en privado, muchos cargos del PP.

¿Qué es lo que ha sucedido? Sencillamente, que por la vía de los hechos, es decir, sin que medie nombramiento alguno en el Diario Oficial de la Comunidad Valenciana el Consell ha sido objeto de una profunda remodelación. Una reestructuración que ha convertido el Gobierno valenciano en un comité de crisis permanente. Un comité que preside Rafael Blasco y cuya acción ha venido a sustituir no solo al abotargado Ejecutivo autonómico, sino que incluso se ha superpuesto a la estructura del PP valenciano, cuyo secretario general, Ricardo Costa, parece tan noqueado como el propio presidente. Costa y el denostado Bigotes le hicieron un flaco favor a Camps presentándole al maldito sastre. Blasco por lo menos ha tenido el acierto de recomendarle a su abogado, por lo demás un profesional de reconocida pericia en este tipo de asuntos, pues no en vano fue también el defensor del ex tesorero del PP, Rosendo Naseiro y del propio Rafael Blasco, a los que, hace veinte años, sacó con bien de sendas imputaciones. Lógico, por tanto, el ascendiente, en estas horas bajas de Camps, del veterano Blasco, un profesional de la política en el más amplio sentido de la expresión, cuya figura y larga trayectoria, cuando la distancia histórica lo permita, serán objeto de estudio. Todo ello con independencia de si la estrategia escogida es la correcta, o por el contrario se estarían pasando en la sobreactuación de las sonrisas, la felicidad, banderitas, homenajes gitanos al tío Paco y demás actuaciones de los palmeros habituales.

Sin embargo, dejando está cuestión técnica de lado, el problema político es que, por oposición, se está haciendo excesivamente patente la ausencia de acción Gobierno, o, digámoslo de otro modo, el carácter de mera autoprotección sectaria de toda la acción del comité de crisis, cuyo papel se confunde con el Consell.

En contraste con este ensimismamiento, el abandono de la política social es posiblemente lo más llamativo. Porque no deja de ser escandaloso que hace un par de semanas, los familiares y beneficiarios de la ley de Dependencia salieran a las calles de Alicante, Alzira, Castellón, Crevillent, Santa Pola, Xàtiva y Valencia, para pedir algo tan de cajón como la aplicación de la propia ley. ¿La Administración autonómica está para boicotear la acción del Gobierno central? Esa política de palos en la rueda se hizo evidente con la payasada de educación para la ciudadanía en inglés, pero a pesar de la importancia del asunto, no dejaba de ser un tema ideológico, un debate de superestructura. Nada que ver con cosas tan materiales, tan vitales en el día a día, como la dependencia o la vivienda. ¿Por qué a un valenciano no le llegan las prestaciones a las que como ciudadano de España tiene derecho?

Este país nuestro no es nacionalista. La autonomía tiene pues una fuerza de atracción fundamentalmente instrumental. Entonces si el Consell no gobierna ¿para qué sirve la Generalitat?

Manuel Perís, El País, 26 de mayo de 2009.