miércoles, 22 de julio de 2009

El semáforo

Hay dos chicos que veo por las mañanas camino del trabajo. Lo mismo pueden tener 16 años que 28, con esa edad indefinida que caracteriza a algunas personas discapacitadas. Visten a su propio modo, de una manera que no haría nadie que yo conozca, da la impresión de que ellos mismos escogen la ropa de su armario sin fijarse demasiado en los colores, o de que a quienes les ayudan a elegirla y a ponérsela no les preocupa que la camiseta no combine con el pantalón. Unas veces los encuentro sentados en un banco, a la sombra de un árbol, esperando sin hablar a que llegue el autobús. Abren y cierran sus mochilas y miran, imagino, si está el bocadillo, la botella de agua o la manzana que supongo que alguien ha preparado para su almuerzo. Otras veces me los cruzo caminando hacia la parada; andan los dos con dificultad, como siguiendo un vía crucis, pero uno de ellos sujeta amorosamente por el cuello al otro, ayudándole a cruzar el semáforo. Y ese gesto, en ese momento del día en el no soy más que un niño yendo al colegio, hace que se me parta el alma.