jueves, 24 de septiembre de 2009

Alaris 22 de septiembre

En el Alaris hace un calor extraño que sólo encuentro en el tren: no puedes escapar de él, sofoca y es seco y húmedo a la vez. Estoy algo sudado, la ropa se me pega al cuerpo, me siento sucio. Igual la culpa no es del tren, lo mismo es que llevo casi 16 horas corriendo de un sitio para otro con un portátil a la espalda. Debería darme una ducha antes de acostarme, aunque llegaré tarde a casa y me dará pereza y lo más probable será que me meta en la cama directamente. Es mi cuarto trayecto en dos días. Ayer fue todo un poco caótico, no me había enterado de las obras en Puerta de Atocha, ni de que el tren ya no para allí y lo hace en Atocha-Cercanías y luego en Chamartín, así que perdí algo de tiempo haciendo el gilipollas Castellana-abajo-M30-arriba mientras la nación española recibía en Cibeles a Gasol, Ricky, Garbajosa y compañía. Hoy he hecho menos el paleto-en-la-gran-ciudad y he ido andando desde la estación hasta donde coño fuera que tenía que ir (diez minutos).

Ya no sirven Cardhu, en su lugar ofrecen Glenfiddich. Me suena la cara del tipo que está sentado junto a mí: claro, esta mañana íbamos también en el mismo tren. Oigo un móvil. "Tu-tu-ti-tuú, tu-tu-ti-tuú". Es el mismo tono (o politono, no sé cuál es la diferencia exacta entre una cosa y otra) que el que uso en mi Nokia, un fichero mp3 que ya no me acuerdo de dónde lo saqué porque lo voy copiando de terminal en terminal desde hace al menos cuatro años, es el timbre de los teléfonos de la UAT de Jack Bauer. Pero el mío suena peor, más mate. Miro a mi alrededor, quiero ver la jeta del tipo que lleva en su móvil el mismo tono (o politono) que yo y que suena mejor que el mío. Ya está, al otro lado del pasillo en diagonal, una fila delante de mí (o detrás de mí, porque ambos vamos sentados mirando en dirección contraria al sentido de la marcha). Será más o menos de mi edad, canoso y algo calvo. Parece alto, pero no lo juraría, a veces la gente engaña estando sentada.

La azafata que sirve la cena esta noche es la misma que sirvió la comida ayer, pero ayer no robé los cubiertos, así que hoy puedo hacerlo sin que me acuse de ladrón reincidente. Tengo una pequeña cubertería de Renfe en casa, la voy completando poco a poco. Coño, si va a ser la cubertería más cara de la historia, con lo que me está costando podría comprar una de plata.

Un hombre con corbata se levanta de su asiento para hablar por teléfono. Creo que quería ir a la plataforma, pero se coloca junto a la puerta de los retretes. Sin querer, escucho lo que dice, una frase hace que le preste atención: "mañana si eso quedamos un poco antes y lo hablamos... yo creo que nosotros, conceptualmente [sic] lo que tenemos que hacer es tirar la piedra y esconder la mano..." Sigue hablando. Parece que al día siguiente tiene una junta general de accionistas, porque habla de los consejeros y del gallinero. Se le nota preocupado porque no hay muchos temas que tratar, e igual en menos de media hora terminan (hay una norma no escrita según la cual una reunión de trabajo que dure menos de dos horas no puede considerarse una reunión de verdad). No sé si la gente es consciente de cómo se oyen las conversaciones en el tren. El miércoles se encontrará con su colega en el despacho de Garrigues. Me fijo en él cuando vuelve a su butaca. Traje azul marino, camisa celeste con cuello blanco. Ahora mismo está delante de mí (o detrás de mí, porque ambos estamos sentados mirando en dirección contraria al sentido de la marcha de tren) con un portátil encendido, como la mitad de los pasajeros del coche. Intento ver qué cojones hace, pero no puedo. No parece una hoja de cálculo, más bien un procesador de textos. Sí, ahora se ha levantado para dejar salir a la mujer que se sienta a su lado y alza el portátil por encima de su cabeza, veo toda la pantalla, está usando el Word 2003. Abogado con una probabilidad del 90%.

En el tren viaja un antiguo jefe de mi antiguo trabajo que afortunadamente no me recuerda o aparenta no recordarme (yo evito saludarle, no le culpo). Para compartir mi descubrimiento he mandado dos o tres SMS y me ha dado por acordarme de la inercia. En aquel antiguo trabajo teníamos un edificio que se caía, y tardamos en cerrarlo dos o tres años desde que los técnicos diagnosticaron una patología estructural. Luego, otros dos o tres años en empezar las obras de rehabilitación (problemas financieros). Dos años hasta finalizar las obras. Casi un año en equipar el inmueble. Finalmente llegó el momento de la reapertura, para tener que cerrarlo de nuevo dos meses después. Creo que hacía falta algo más de energía para arrancarlo de su estado de reposo, a pesar de que estuviera terminado y equipado. Seguimos con problemas de financiación, dirá alguien, pero no es más que inercia. Poner algo en marcha cuesta tanto como pararlo. Ese es el mayor defecto y la mayor virtud de mi profesión (o mi sector, como se dice ahora; ya no tenemos profesiones, tenemos sectores).

El antiguo jefe de mi antiguo trabajo lleva cinturón y tirantes. Un hombre precavido.

1 comentario:

Lobo dijo...

Parece evidente que no se realizaron las reuniones pertinentes para la reapertura del edificio rehabilitado o la mayoría de ellas no fueron de más de dos horas de reunión.

Si, efectivamente, más de tres sacudidas se considera paja, menos de dos horas, cafelito ... ;-)