miércoles, 9 de septiembre de 2009

Sopa de fideos (actualizado)

Llevo varios días con la idea de escribir algo relacionado con la sopa de fideos, y no sé muy bien cómo hacerlo. La sopa de fideos es real, pero no es sólo agua, grasas, algunas proteínas, harina de trigo y sal. Es algo más. Es imposible explicar con el lenguaje humano lo que es la sopa de fideos a aquéllos que todavía no saben lo que significa. Así que simplemente intentaré contar lo que me pasó con la sopa de fideos. A lo mejor, recordando la situación y la sensación, consigo encontrar palabras que se ajusten lo mejor posible a lo que sucedió en aquel momento.

El lunes, a la hora de cenar, otra vez en casa después de pasar cinco o seis semanas fuera, entré en la cocina y vi en la encimera un cazo con sopa de fideos. Pequeño, de acero inoxidable, sin tapa. A su alrededor, sobre la vitrocerámica y formando una especie de corona de moho blanquecino, destacaban las manchas del caldo que había rebosado al hervir, cayendo sobre la placa caliente y que al evaporarse de forma casi instantánea (como cuando derramas un poco de agua sobre un trozo de metal al rojo) había dejado un residuo seco parecido a las incrustaciones de cal que se forman en los tanques de los acuarios.

Era el cazo. El cazo que representaba la ceremonia de todas las noches consistente en llegar a casa a las 8, dejar la mochila y el casco, quitarse las botas y, mientras los niños se duchan, entrar en la cocina, poner algo de caldo en el puchero, y cuando rompe a hervir, echar dos puñados de fideos, ver como se derrama la sopa sobre la placa vitrocerámica incandescente y se evapora casi en el acto, dejando un residuo seco parecido a las incrustaciones de cal que se forman en los tanques de los acuarios. Cada noche, de lunes a viernes. Y el olor. El olor de la sopa de fideos, como el olor a meado, a casa de viejos.

Y entonces de repente me di cuenta, como si me hubiesen disparado y una bala de diamante me hubiera atravesado la frente, y pensé: Dios mío, que genialidad. El genio. La voluntad de hacer aquello. Perfecto, genuino, completo, cristalino, puro. Y entonces comprendí de que ellas eran más fuertes que nosotros. Porque ellas podían hacer sopa de fideos sin tener esa sensación de asco. Si los hombres tuviéramos ese carácter nuestros problemas terminarían rápidamente. Tener humanidad y al mismo tiempo ser capaz de hacer sopa de fideos sin sentimiento, sin pasión, sin juzgar; porque el juicio es lo que nos hace vulnerables. Y entendí la importancia de la sopa de fideos. A la sopa de fideos hay que respetarla, hay que temerla. Porque aunque hierve, no quema como un café recién hecho o el cañón de un M-16 después de haber vaciado el cargador o el tubo de escape de una moto a 140 ºC. Consume. Se instala en el cuerpo, en las narices, en la ropa y se convierte en parte de uno. La sopa de fideos está dentro. Pero no hay que odiarla. La sopa de fideos tiene cara, y tienes que hacerte amigo de la sopa de fideos. El caldo y los fideos son tus amigos. Si no son tus amigos, entonces son tus enemigos. Son enemigos reales.

2 comentarios:

Tenochtitlán dijo...

sólo tengo que decir que esta noche, curiosamente, he cenado sopa de fideos

Borde dijo...

Yo, curiosamente, no.