domingo, 8 de noviembre de 2009

Domingo, día del Señor

Falta pollo para el cocido, a pesar de que en la nevera hay un cajón con más de cinco kilos de carne embolsada y congelada. Voy a por una bandeja de muslos a Opencor, y de paso compro el periódico y el pan. Me pongo en la cola. Detrás de mí, una vieja con un carrito. Lleva una revista, una barra de pan y algo más en lo que no me fijo, sólo me llama la atención que usa el carrito para apoyarse, como andador. Muy maquillada, el pelo cardado y tintado color paja. Cuando avanza la cola y yo doy un paso, ella da dos. Lógicamente pronto llega el momento en el que en lugar de estar detrás de mí, está a mi derecha ligeramente adelantada.

Hoy estoy algo flojo, no tengo ganas de discutir y menos con una vieja que usa el carro como andador, pero no dejo de disgustarme un poco. Me da por pensar que la clave de la superviviencia de la especie está en la mezquindad. En la de la vieja, en la mía. Y en la tuya.

Por suerte todas las cajas están abiertas y cuando llega mi (¿o su?) turno dos cajeros llaman a la vez a "¡el siguiente!", no es necesario discutir. Pago sin mirar a la cajera, ni a la vieja, ni a los que todavía están en la cola, y me voy por la puerta de atrás. Será por eso por lo que no me quedo con las caras de la gente: porque no las veo.