viernes, 20 de noviembre de 2009

Rilette de cabracho

Lunes. Entro en el coche. Veo a Santi Millán, justo en la fila delante de la mía. Dejo mis trastos y me siento. Mando varios SMS anunciando que ya estoy en el tren y que Santi Millán está en el vagón. Febril intercambio de mensajes "haz foto"-"me da corte"-"disimula"-"imposible"-"pues entonces un autógrafo". Llega un tipo y se pone a su lado. Bastante sumiso, a la orden de Santi pide la prensa, la Coca-cola, el café. Me agacho a coger algo de mi mochila, y debajo del asiento de Millán veo una cosa blanca y peluda: un perro, un westie exactamente. Santi viaja con un perro bajo su asiento. Más tarde veo la jaula donde debería estar el animal, vacía, junto al resto del equipaje de la estrella. Llega la comida. Santi empieza a exclamar, a repetir con sarcasmo torcido: "¡Qué maravilla de comida! ¡Qué festín! ¡Qué explosión de sabores! ¡Y en este tren, que apenas hace ruido al desplazarse!". Su acompañante, colega, amigo, esclavo, amante o lo que sea le ríe la gracieta. No es más que un menú típico de Renfe. Sí, cansa la cuarta vez en cuatro días que te sirven Rilette de cabracho con salsa de yogur a las finas hierbas, gajo de limón y pepino, estofado de ternera al Oporto acompañado de guarnición de pasta orechietti con setas y fruta cortada (la fruta cortada es lo que mejor se tolera), pero joder, no sé. Es como si me estuvieran diciendo que soy un manso que come la misma mierda durante una semana entera, que soy un pringui. Que igual lo soy, pero me molesta oírselo a un héroe de la tele.

Como me han pedido fotos, aprovecho y saco una del perro. Luego, Millán se duerme y su cogote asoma por el lado izquierdo del respaldo de su asiento. Lo fotografío también. El perro está muy bien educado. Las fotos desenfocadas. Maldito móvil.

Leo en el periodico que empieza la campaña de vacunación contra la gripe A. Santi Millán arranca a toser, los mocos se acumulan en su garganta, probablemente estará formando un hermoso esputo que si no se lo traga a saber a dónde irá a parar. Mejor permanecer en la ignorancia y no pedir el asiento 4C del coche 1 en los próximos viajes.

A mi derecha, al otro lado del pasillo, una mujer que, seguramente como consecuencia de dos conversaciones reivindicativas con la azafata, con entrega de hoja de reclamaciones incluida, ha conseguido que le sirvan una ensalada con pimientos y pollo asado en lugar de Rilette de cabracho con salsa de yogur a las finas hierbas, gajo de limón y pepino, estofado de ternera al Oporto acompañado de guarnición de pasta orechietti con setas y fruta cortada, digo, la mujer del menú alternativo arranca también a toser. Se gira hacia la ventana de emergencia, levanta los brazos, los apoya contra el cristal. Me quedo observándola por si necesita ayuda, por si hubiera que gritar (¡por fin!) "¿hay algún médico en el tren?", pero no, no es necesario. Toma aire y después una infusión. Lleva unas zapatillas muy raras, con la suela curva, como si fueran balancines. No sé si son los famosos zapatos masai de los que hablaba el Sr. Mantel.

El acompañante de Santi se le acerca para decirle algo. Prácticamente se le tira encima, parece que quiera comérselo. Estamos llegando a Madrid. Oigo un sonoro eructo. Después de aflojar la presión interior, el ilustre pasajero canta para deleite de sus compañeros de viaje:

Quiero dar las gracias
Por las canciones
Que nos cantan
Los maricones

(Versión libre de "Thank You for the Music", de ABBA).

[...]

Luego resultó no ser Santi Millán, soy un desastre con los nombres, era Fernando Tejero con su perro Woody. O Woody Allen con Soon Yi. O Yoko Ono con John Lennon. O Jack Lemmon con Walther Matthau. O Mari Carmen con Rodolfo. O Sandra Bullock con Jesse James.

Menos mal que no le pedí el autógrafo.

***

Llevo, para los ratos tontos, una ¿novela? de un escritor español relativamente conocido al que yo no conocía. Antes de comprarla, visito su blog, leo el resumen redactado por él mismo, parece interesante, trata sobre el mito de la desaparición, o sobre lo difícil que es no ser nadie. Además me la habían recomendado. Empiezo a leerla, encuentro algunas perlas. Pero esas perlas no consiguen evitar que pronto empiece a sentir algo que no había notado nunca: quiero lanzar el libro por la ventanilla del tren. Por suerte las ventanillas del tren no se pueden abrir y eso me da algo de tiempo para pensar en lo que su autor tardó en escribirlo, lo que quiso decir, lo que le costó encontrar editor... por malo que sea ha de valer algo. Pero cada vez que leo dos páginas seguidas de esta ¿novela? vuelve la maldita idea. Cuando ya no puedo más cojo una libreta y un lápiz y empiezo a escribir los nombres de artistas y escritores citados en el libro: Tarkowski, W.G. Sebald, Max Brod, Ettore Majorana, Roberto Bolaño, Georges Perec, Fleur Jaeggy, Lobo Antunes. Relleno cinco hojas del cuaderno con nombres, y eso sólo con los que aparecen hasta la página 168, leyendo en diagonal, seguro que me he dejado más de uno. Sé que algunos son reales, otros suenan reales. Si a los nombres de los escritores y artistas añadimos los de los lugares donde se desarrolla la historia y los de los personajes, la lectura se hace espesa, hay que volver atrás una y otra vez, todo son nombres y calles con nombres de personas.

Se me ocurre borrar de mi MP3 toda la música de grupos indies y llenar el hueco con Bach y Mozart y Beatles y Rolling y Lou Reed, y que mi próximo libro en la mochila sea de Torrente Ballester o de Somerset Maugham.

En la tienda del Reina Sofía veo un libro de Georges Perec. Estoy a punto de cogerlo. Luego pienso que no es buena idea, que ya llevo bastante peso. Compro un lápiz, mejor. Recuerdo a Fernando Sánchez Dragó cuando dijo el otro día algo así como que la curiosidad mata al 80% de los gatos. No estoy seguro de que lo mío sea curiosidad.

Por fin es viernes.

Dios mío, ¿qué me está pasando?

4 comentarios:

Lobo dijo...

Menos mal que es sábado y he comido con mi amigo Gonso. Es un tío grande y hemos acabado hasta el culo de cervezas y de licor de hierbaaaaaaaaaaaaaaas. Joder, me avergüenza escribir en este estado lamentable pero quisiera compartir con usted este estado de "semieuforia" al conocer hoy a Marta, la cajera de un Mercadona cualquiera de la comunidad de Madrid. Nada importante, sólo unos instantes de sonrisas y poco más ... Nada más, un placer de un rollo de esos que podríamos llamr "de buen rollo" y Jack Daniels ...

Es sólo que hacía demasiado tiempo que no descorchaba un licor de maría añejo que un día embotellamos mi amigo Gonso y algunos más hace ya años.

Un saludo desde mi paranoya, desde mi parsimosionoso "descontrol", ahora más tranquilo, he de reconcer.

Pido disculpas al Don Lázaro Carreter y vuecencia por las posibles faltas de otografía y deficiencia de expresión en mis palabras ................

Un fuerte abrazo desde mi oscura y vieja guarida ...........

P.D.: Hacía tiempo que el mundo no giraba tanto ...

chose dijo...

No hiciste más que aplicar el punto nº3 del decálogo del lector según Daniel Pennac:

El derecho a no acabar un libro.

Bienvenido.

(Perdón por el tuteo, me cuesta usar el usted)

Borde dijo...

Sr. Lobo, se expresa usted ferpectamente (¿licor de hierbas? ¿licor de maría? Es usted un golfo).

chose: ya, pero me jode no encontrarle la gracia. A ti te gustó. Es como si tuviese encefalopatía espongiforme. O alcornoquiforme.

A dijo...

Perec y Pasavento. Y para ti alfalfa y Dragó, es lo que mereces,
A.