domingo, 8 de agosto de 2010

El puto bar del pueblo

Me levanto pronto. Un café rápido, casco, guantes y me voy al bar del pueblo a "almorzar" (el que sea de la zona de Valencia ya sabe de qué hablo. El que no, que pregunte). Pido un bocadillo pequeño de blanco y negro (vale lo del paréntesis anterior) y una caña. La camarera aparece con un tercio. Le pido un quinto, y me dice que "vale". Luego me trae una ensalada que no he pedido y un montón de "cacaus". Llega el bocadillo. La morcilla es algo peleona. Acabo con ella en 15 minutos, pero resiste por ahí abajo, en mis tripas, durante unas cuantas horas.

Vuelve la camarera.

-¿Café?
-No. Cóbrate, por favor.
-Sis euros.
-[¡¿Cojones?!]

Pago. Es más barato almorzar en la Plaza de la Virgen, junto a la Catedral del Cap i Casal, zona turística durante todo el año, que en el puto bar del pueblo donde sólo hay una mesa con unos parroquianos que se traen el bocadillo de casa (la camarera les riñe: "teníu que fer més gasto, no més em demaneu un poal de cacaus" [tenéis que hacer más gasto, sólo me pedís un pozal de cacahuetes]; pasan de ella, claro. Y hacen bien.

Queda mucho por aprender.

Ayer le mandé un e-mail a Gustavo Cuervo, comentándole algunas cosas de su libro Sin fronteras. Me ha contestado hoy mismo y de forma muy cariñosa. Algo parecido me pasó con Pedro Pardo, que me agradeció de una manera que no me esperaba (por excesiva) las observaciones que hice a su Ruta 24. Me quito el sombrero. Los escritores a quienes leo y que contestan a los correos que les envío me resultan doblemente interesantes: por sus libros y por la delicada educación con la que tratan a sus lectores.