jueves, 5 de agosto de 2010

Los viajes de Júpiter

Es curioso como un día puede empezar bien y acabar mal, o viceversa. El pronóstico de hoy anunciaba borrasca; sin embargo, he disfrutado ocupándome de mis hijos. He tenido la sensación de que están aprendiendo a ser felices. Y después de un día caluroso y húmedo, ahora estoy en la terraza, suena el ruido del mar, queda un dedo de whisky en el vaso y por fin sopla aire fresco. Sería perfecto seguir con este humor mañana por la mañana, acercarme con la moto al bar del pueblo y desayunar como un agricultor: bocadillo de embutido, cerveza y café.

He terminado Los viajes de Júpiter. No sé muy bien de dónde supe de este libro por primera vez. El caso es que me lo encontré de cara en el escaparate de una librería especializada en viajes y me lo llevé. Desde entonces lo he tenido junto a la cama, pero algo atragantado. Empezaba a leer, y la televisión y los orfidales ganaban la partida. Lo mismo me pasaba con La política como profesión (o La política como vocación, según traductores). En tres días he podido acabar los dos libros, y he de decir que los he disfrutado. Conclusión: no tele, no orfidal. No job?

De La política como profesión dije algo ayer. Toca hoy hablar del libro de Ted Simon. Al principio me pareció algo simplón. Pero creo que me equivoqué (la tele y los orfidales, [¿el trabajo?] supongo). Es un libro de un viaje, un viaje en moto de cuatro años. En la contraportada: «"Este libro ha sido mi inspiración" Ewan McGregor en The Long Way Round». Dentro del libro hay una especie de flyer en el que dice:


¡¡ATENCIÓN!!
A causa de este libro hombres y mujeres han abandonado sus trabajos para tomar la carretera. Durante 30 años ha cambiado muchas vidas.
Podría cambiar la tuya.

Bueno, hay que tener en cuenta esto, y que para los que estamos en esas situaciones, conseguir los permisos necesarios para un viaje de cinco días puede ser una tarea complicada; cuatro años rodando sería fantástico. Y no es un reproche: ponte en el otro lado. No sé muy bien cómo decir lo que quiero decir, así que lo dejo aquí.

Simplemente voy a copiar unos cuantos párrafos que me han llamado la atención. Están cogidos de aquí y de allá, no siguen ningún orden lógico ni pretenden llegar a ninguna conclusión, como me parece que tampoco fuera la intención de Ted Simon.

Cuando finalmente visité Disneylandia, entendí que la última meta, la lógica conclusión de Los Angeles, era convertirse en otra creación de Disney. Es decir, construir un «ambiente de diversión» totalmente ficticio y controlado en el que la vida sólo sea un largo e ininterrumpido paseo. [...] Después de un tiempo, dejé de quejarme de Los Angeles y empecé a disfrutar hasta que me resultó difícil recordar por qué había sido tan cascarrabias.

En Puttalam [India], un pueblo tamil de la costa occidental, esta visión negativa de la vida toca fondo. Mientras doy un paseo por la orilla de la laguna, todo lo que veo parece hundido en la degradación. Veo un cachorro merodeando por un puesto de pescado. Está tan consumido por los gusanos que no es más que un cráneo con patitas de cerilla; veo una playa que apesta de tanta basura, y hay unos cuervos picoteándola. Uno de los cuervos parece que está muy débil y tiene unas alas escuálidas. No puede alcanzar la comida y apoya los veces una pata en el lomo de otro pájaro, en actitud de súplica. Nunca pensé que un cuervo me pudiera partir el corazón. Los pájaros sanos levantan el vuelo, dejando que el enfermo se las apañe solo avanzando a trompicones hacia la basura. Después veo, entre toda esta inmundicia, plásticos y neumáticos destrozados, un perro acurrucado, lamiendo algo. Me mira con ojos rojos y tristes. Es una perra con las ubres hinchadas entre cuyas patas delanteras tiene el cuerpo de su cachorro muerto, panza arriba sobre la basura y bañado en sangre.

El instrumento vital del cambio es el desapego, y viajar solo es en sí mismo una inmensa ventaja. En el momento de un cambio, los dos aspectos de una persona coexisten simultáneamente; como una oruga que se convierte en mariposa, tienes la imagen de lo que eras y de lo que estás a punto de ser, pero quienes te conocen bien sólo pueden verte como eras. No quieren reconocer el cambio. Por medio de sus acciones, intentan reconducirte a tus actitudes primigenias.

Sería inútil intentar convertirse en dios entre tus amigos y parientes, tan inútil como el hombre que quisiera transformarse en un héroe a los ojos de su criado. Me resultaba estremecedor darme cuenta de que las cualidades afectivas más valoradas entre las personas, como la lealtad, la constancia y el afecto, son las que casi siempre impiden el cambio. Evidentemente están diseñadas para compensarle a uno de la mortalidad. Los antiguos dioses nunca quisieron saber nada de esas virtudes.

En la mitología hindú los dioses mantenían lazos más estrechos con los humanos que los dioses griegos [...]. El ejemplo más conocido es el de Krishna, que se convirtió en el auriga de Arjuna. Lo condujo a la batalla y lo alentó con unas palabras que ahora se conocen como el Bhagavad-Gita.

Arjuna, por supuesto, luchaba del lado del bien, en contra del mal, pero muchos hombres buenos se habían comprometido con el bando equivocado. Arjuna sufría por tener que matar a sus parientes y amigos, y se había desalentado al pensar que, quizá, no era muy correcto hacer eso. Lo que Krishna le dijo fue que su misión principal era permanecer fiel a lo que era, un guerrero, y no permitir que los apegos sentimentales hacia su familia lo encadenaran en la no acción. Hay una brutalidad elemental en este consejo que me pareció tan escalofriante como cruel.

Un inciso: a mí no me pareció cruel; me recordó mucho las frases de Weber, en particular el párrafo que empieza con eso de «si ha de ser fiel a su verdadera vocación [...], el auténtico funcionario no debe hacer política, sino limitarse a administrar, sobre todo imparcialmente». Además, Weber cita expresamente la conversación entre Krishna y Arjuna en La política como profesión. Pero bueno, tampoco se trata de convertir al funcionario profesional en un mito literario, y menos ahora. Sigo con el copiado.

-¿Por qué hace este viaje? -me preguntó el profesor.
-Es un viaje de descubrimiento -respondí, cansado de dar otras respuestas más prolijas.
-Pero, ¿qué quiere descubrir? -insistió.
-Quiero descubrir por qué lo hago.

Sueño a menudo que voy en la Triumph, conduciendo sobre la tierra dura y roja de un gran bosque, bajo una espesa bóveda de un verde frondoso y limpio que se extiende hasta el infinito. Y pienso: tal vez este sea un bosque donde, a veces, los hombres puedan todavía jugar a ser dioses.

Son 764 páginas de libro, espero no haber jodido los derechos de copyright. Interfolio anuncia, en breve, la publicación del siguiente libro de Ted Simon, Los sueños de Júpiter. Compensemos el copiado (manual) con publicidad gratuita.

Tengo pendinete hablar de Martin Eden, que fascinó a Lullu. Acabé la novela, cosa que no pudo ser con Doctor Pasavento. Pero hay algunas cuestiones que necesito aclarar. Lullu, ¿estás?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La ironia sobre el copyright EMHO te sobra, como casi todas las ironias que leo al respecto: existe una cosa prevista en todas las leyes de propiedad intelectual que se llama la cita, te autoriza a copiar y usar trozos de una obra para estudiarla, comentarla, difundirla, etc.

Ted Simon repitió el viaje con 70 años, esta vez en una BMW. La primera vez lo hizo con 46 que ya es una edad.

http://www.jupitalia.com/

Buen libro.

Borde dijo...

No es ironía, es sentimiento de culpa. Al menos en mi caso.

Gracias por pasar por aquí y dejar tu comentario.