domingo, 21 de agosto de 2011

Fin del Experimento


Mientras me meto en un mar que me recuerda una de las fotografías del albúm Wish You Were Here, de Pink Floyd, -aunque en lugar de piernas veo bustos que aparecen cortados y dejados caer en una hoja de cristal azul- pienso en El experimento Ludovico y creo que ha terminado. Quizá podría alargarlo algo más, pero con poco que decir. No sé si el Alex (Borde) de este experimento se ha convertido en mejor o peor persona; pero sí tengo la impresión de que se ha hecho más viejo y más aburrido. De la misma manera que el mar me recuerda a Wish You Were Here e inevitablemente a Syd Barrett, la transformación de Borde me recuerda a Randle McMurphy (Jack Nicholson) en Alguien voló sobre el nido del cuco, antes y después de la lobotomía. No leo -ni escribo-, no cocino, no me interesa aprender. Ni los nombres de mis vecinos, ni de gente nueva que aparece por el trabajo.

Ya no existe el Alaris, ahora tenemos AVE; no se pueden robar cubiertos porque no sirven almuerzo ni cena, ni siquiera en preferente. En cualquier caso, aún no "he probado" el AVE Valencia-Madrid (o Madrid-Valencia).

Muchas de las entradas (660 exactamente, me pregunto si estoy intentando zafarme del número 666) que hay en El experimento  no tienen valor para la mayoría; a algunos su fondo, forma o ambos podría incluso causarles dolor, así que pasarán al baúl de los recuerdos. Poco a poco iré filtrándolas y editándolas y publicaré aquéllas que puedan servir de algo para entender lo que a partir de ahora pueda escribir.

Y repasaré los enlaces, que algunos deben estar desgastados.

Aún no he decidido si seguiré publicando.

Actualización 1-11-2011: error, sí sirven desayuno-snack-almuerzo-snack-cena; desde que escribí este post he ido un par de veces a Madrid en el AVE, en turista, y el viaje se ha convertido en un trámite más: hay tomas de corriente para los portátiles junto a los asientos, y tienes el tiempo justo para leer la prensa y pasar a limpio las notas que hayas tomado de lo que sea que hayas ido a hacer en la capital del Reino de España.

4-26

Cuarto día. Mal tiempo. Aburrido y peleando  con Google. Con Google+ por subir fotos a mi perfil sin pedir permiso y de sitios muy raros, y con Blogger y Picasa: borre fotos del álbum del blog y de tanto en cuado aparece un rectángulo negro con una señal de peligro en lugar de la foto correspondiente. Me paso el día arreglándolo. Los vídeos tampoco pintan muy bien, pero lo dejo para cuando tenga cable.

martes, 9 de agosto de 2011

Día 3-26

Tercer día. El smartphone hace sonar Give Me Shelter a las 6:20, a pesar de haber quitado la alarma (suprimida, borrada, tirada a la papelera). Me despierto, la apago y me vuelvo a dormir, hasta las 9 más o menos. En ese tiempo he soñado una vida entera, o he conectado sueños recurrentes que forman una historia. No sé si es posible que el guión de esa historia, que podría ocupar varios años, lo escriba el cerebro en algo más de dos horas.

Ya levantado, cuando subo la persiana veo a dos hombres mirando hacia la playa, esperando. Llegan tres más. Da la impresión de que estaban durmiendo en la arena. Tienen entre 30 y 50 años. Imagino enseguida que son vagabundos, y me viene a la cabeza Los vagabundos del Dharma, de Kerouac. Me da por pensar que en algún momento fueron esposos, novios, padres, encofradores. Uno de ellos quiere irse a Madrid, se queja que no tiene dinero, otro le pregunta que para qué quiere irse a Madrid y responde que para tomarse un café y fumar. El otro le contesta que él le busca tabaco, intenta calmarlo. Abren su coche y aparecen unas guitarras, son músicos ambulantes. Tocan bien y con gusto. Los beatniks españoles tienen un aspecto bastante castizo, pero comparten algunos gustos con los americanos. La hierba, por ejemplo. Mi hijo me descubre mirando por la ventana, y a él también le llaman la atención. Me hace algunas preguntas, le contesto que parecen buena gente, que no pasa nada.

Pero en realidad no me recuerdan Los vagabundos del Dharma. Me recuerdan Las uvas de la ira.

Mal día de playa. Lo paso escribiendo. Como, duermo algo de siesta, doy una vuelta por el paseo, vienen unos amigos a tomar unos GT de South. Eso es todo.

Leo en la espalda de mi camiseta:


Quizá la crisis no sea el problema.

sábado, 6 de agosto de 2011

Día 2-26

Segundo día. Mi hermana y mi cuñado se quedaron a dormir ayer, tuvieron una cena por aquí. Me cuentan que voy a ser tío. Les felicito, pero mi hermana está acojonada. Le comprendo.

Quedo con un amigo para tomar café y leer prensa. El café y el periódico se convierten en compra de yogures, café, visita al polideportivo para ver el partido de mi hijo (llevaba media hora de retraso y caía un sol de justicia; no soy tan abnegado, nos vamos) y un rato en casa del amigo, navegando por internet. Comida sencilla, poca siesta y celebración del cumpleaños de mi hija. Un rato con gente que no conozco (los padres de los amigos de mi hija) aparentando que todos nos llevamos bien. Quiero creer que he cambiado mi política sobre esta cuestión: si hay que ir se va, y procurando poner buena cara; pero si no hay que ir no voy; a diferencia de otros años, que iba siempre, y casi siempre con mala cara. Que cada cual saque sus conclusiones, pero yo vivo mejor. Digo quiero creer porque no acabo de creérmelo.

Cena ligera y GT de Hendrix, sin pepino pero con corteza de pomelo. No cambio de opinión: me cuadra más como aperitivo que como digestivo.

Día 1-26

Primer día. Permitidme un pequeño prólogo. Hasta empezar mis vacaciones he estado seis jornales yendo y volviendo desde la playa al trabajo mientras la familia ya disfrutaba del veraneo. Siendo indulgente conmigo mismo, llegaba a casa algo tenso. Con unas ganas locas, locas por comer y dormir la siesta; sin embargo, esposa e hijos esperaban que me interesara saber cómo se lo habían pasado y qué cosas nuevas habían aprendido (los goles marcados, las tellinas encontradas, quién es quién, la edad de fulanito o menganita, o el último divorcio o arrejuntamiento). Normalmente al tercer gol o al segundo divorcio daba un par de coces, el personal se asustaba y me dejaban en paz. No me siento orgulloso.

Volviendo ya al sábado. Bajo a la playa y nado un poco. Conclusión: que estoy hecho una mierda. Si no hago algo de ejercicio estos días volveré hecho un lechón: aunque algún verano he perdido peso, creo que éste será rico en grasas y carbohidratos. Y también están la cerveza y el gin-tónic (GT en lo sucesivo), claro.

Siesta y cena con amigos. Tienen dos niños pequeños que se portan muy bien: dormidos en el carro. Nos retiramos pronto. Preparo dos GT's de Hendrix con pepino. Un amigo que me regaló unas botellas de Schweppess con a) pimienta rosa y b) gengibre y cardamomo. Vista mi fracaso con las tónicas caras (la Fentimans me jodió un gin-tonic y la Fever Tree me resulta demasiado ácida, diga lo que diga Ferran Adrià) le pregunté al regalador cómo prepararlas. Me sugirió la Hendrix, e hice una prueba con una Schweppess normal. Sinceramente, prefiero el GT de South con anís estrellado. El GT de Hendrix me parece más un trago corto para el aperitivo, pero no me cuadra sustituir la cerveza o el vermú con soda por la ginebra. No me apetece pasarme las vacaciones inconsciente. Totalmente inconsciente, quiero decir.

viernes, 5 de agosto de 2011

Un día cualquiera

La cosa está razonablemente organizada. La alarma del móvil suena a las 6:15. La apago, procurando no despertar demasiado a mi mujer. Cierro los ojos unos segundos, pero me doy cuenta de que me estoy durmiendo otra vez. Así que salto de la cama. Agua, café, ducha. La ropa ya está preparada sobre la silla, así evito hacer ruido rebuscando en el armario. Me visto con la luz apagada. Me ato las All Star y embuto los cordones en la caña de las zapatillas; alguna vez se han enganchado con la estribera o con los pedales del cambio o del freno y he estado a punto de irme al suelo. La mochila también está preparada. Me la cuelgo del hombro, cojo el móvil y lo guardo en el bolsillo de la camisa. Cierro la persiana -estaba clara- y voy hacia la puerta. De un clavo cuelgan las llaves de la moto y las de casa. Las de casa las pongo en el bolsillo derecho de la cazadora, con la cartera. Las de la moto en el izquierdo. Dentro del casco están los guantes. La cosa está razonablemente organizada.

En el garaje quito el candado del freno de la moto y lo coloco en el bolsillo izquierdo. Desarmo la alarma, meto la llave en el contacto y la giro. Saco el estárter y arranco. Me voy colocando el casco y los guantes. Me pongo en marcha, abro la puerta. Mientras el motor sube la persiana, compruebo los cordones de las zapatillas. Salgo al exterior.

Hay tráfico. Bastante, a pesar de estar ya en agosto. Imagino a los coches como una fila de hormigas que salen del hormiguero y van a buscar un caracol muerto o un caramelo chupado que acabó en el suelo. Es una fila muy larga, muchas hormigas que vamos todas al mismo sitio, al sitio donde hay caracoles muertos y caramelos chupados en el suelo.

Hoy el cielo está limpio.

Entro en el caparazón de un caracol muerto, y no veo alimento, sólo trozos de cáscara y algo de tierra que ha entrado por las grietas. Llego hasta el fondo de la espiral y encuentro lo mismo. Me siento un rato y pienso qué ha podido pasar. Ayer este caracol tenía músculo. Hoy está vacío, sucio y oscuro. Sólo sirve para que hormigas idiotas recorramos el laberinto arriba y abajo, hasta que una voz procedente de algún lugar desconocido de nuestro cerebro de insecto nos dé permiso para tomar el camino de vuelta. No hay caracoles muertos ni caramelos chupados en el suelo, tenemos hambre y sueño, el calor provoca espejismos. Somos las mismas hormigas que antes de salir el sol íbamos al sitio donde había caracoles muertos y caramelos chupados en el suelo. Con el sol en los más alto, buscamos nuestra celda fresca y oscura. Porque mañana la columna de hormigas debe volver a ese sitio donde ya no queda nada.

martes, 2 de agosto de 2011

Esto no es nuevo

Julio Gómez Pomar.
El País, 31 de julio de 2011

“No será posible encontrar personal intelectualmente preparado para formar parte de una burocracia auténtica (…) pues así solo se atraen mediocridades que se avienen a una conformidad ciega. No se puede contar con personas moralmente capacitadas si han de trabajar en una atmósfera de desconfianza, endurecida por las sospechas y el miedo”.

C. Wright Mills