viernes, 5 de agosto de 2011

Un día cualquiera

La cosa está razonablemente organizada. La alarma del móvil suena a las 6:15. La apago, procurando no despertar demasiado a mi mujer. Cierro los ojos unos segundos, pero me doy cuenta de que me estoy durmiendo otra vez. Así que salto de la cama. Agua, café, ducha. La ropa ya está preparada sobre la silla, así evito hacer ruido rebuscando en el armario. Me visto con la luz apagada. Me ato las All Star y embuto los cordones en la caña de las zapatillas; alguna vez se han enganchado con la estribera o con los pedales del cambio o del freno y he estado a punto de irme al suelo. La mochila también está preparada. Me la cuelgo del hombro, cojo el móvil y lo guardo en el bolsillo de la camisa. Cierro la persiana -estaba clara- y voy hacia la puerta. De un clavo cuelgan las llaves de la moto y las de casa. Las de casa las pongo en el bolsillo derecho de la cazadora, con la cartera. Las de la moto en el izquierdo. Dentro del casco están los guantes. La cosa está razonablemente organizada.

En el garaje quito el candado del freno de la moto y lo coloco en el bolsillo izquierdo. Desarmo la alarma, meto la llave en el contacto y la giro. Saco el estárter y arranco. Me voy colocando el casco y los guantes. Me pongo en marcha, abro la puerta. Mientras el motor sube la persiana, compruebo los cordones de las zapatillas. Salgo al exterior.

Hay tráfico. Bastante, a pesar de estar ya en agosto. Imagino a los coches como una fila de hormigas que salen del hormiguero y van a buscar un caracol muerto o un caramelo chupado que acabó en el suelo. Es una fila muy larga, muchas hormigas que vamos todas al mismo sitio, al sitio donde hay caracoles muertos y caramelos chupados en el suelo.

Hoy el cielo está limpio.

Entro en el caparazón de un caracol muerto, y no veo alimento, sólo trozos de cáscara y algo de tierra que ha entrado por las grietas. Llego hasta el fondo de la espiral y encuentro lo mismo. Me siento un rato y pienso qué ha podido pasar. Ayer este caracol tenía músculo. Hoy está vacío, sucio y oscuro. Sólo sirve para que hormigas idiotas recorramos el laberinto arriba y abajo, hasta que una voz procedente de algún lugar desconocido de nuestro cerebro de insecto nos dé permiso para tomar el camino de vuelta. No hay caracoles muertos ni caramelos chupados en el suelo, tenemos hambre y sueño, el calor provoca espejismos. Somos las mismas hormigas que antes de salir el sol íbamos al sitio donde había caracoles muertos y caramelos chupados en el suelo. Con el sol en los más alto, buscamos nuestra celda fresca y oscura. Porque mañana la columna de hormigas debe volver a ese sitio donde ya no queda nada.