domingo, 22 de enero de 2012

Chocolate

Hoy me he levantado temprano. La casa estaba en silencio, mi hijo leía, mi hija dormía, la madre de mis hijos se había ido a hacer algo de deporte. Mi hijo y su madre discuten mucho: él es un niño inteligente, sensible, nervioso, orgulloso y vago. Ella es constante, responsable, incansable. El niño no siempre está dispuesto a hacer los deberes, y entonces empieza una pequeña batalla doméstica. Las armas del descenciente consisten en tirarse al suelo o encima de la cama, protestar, lloriquear, negarse a estudiar, y las de la progenitora en dar órdenes, larzar amenazas y pronunciar reproches. Cualquiera observador ajeno no estaría seguro de qué clase de relación tienen.

Antes de salir a hacer algo de deporte, la madre de mis hijos ha dejado preparado el desayuno de los pequeños (yo sólo tomo café a primera hora): nesquik, leche, cereales, galletas. Y en el plato del niño, un trocito de chocolate, un chocolate especial, 70% de cacao por fuera, trufa por dentro. Un regalo.

Y en ese momento en el que reinaba el silencio en la casa a pesar de estar llena de vida, con la luz del sol entrando a raudales en la cocina, he recordado -lo olvido a menudo- lo que significa ese trocito de chocolate.

No hay comentarios: