lunes, 31 de diciembre de 2012

Crimen perfecto

Había docenas de ellos. El encargado me dijo que mañana mataría a los que aún estuvieran vivos. Eché una mirada. Todos me parecieron iguales. Elegí una que aparentaba ser algo mayor que los demás. La metí en el maletero del coche. No me preocupé en atarla ni amordazarla, tampoco fue necesario. No chistó en todo el viaje y cuando abrí el portón la encontré igual que la dejé.

En casa, la puse sobre un banco de madera. Ahora sí tuve que sujetarla. Primero le arranqué las extremidades. Luego las rompí a mazazos. Separé los músculos. De las partes duras me desharía más tarde. Luego, a golpes y con la ayuda de un cuchillo, le abrí la cabeza y lo que quedaba del cuerpo. Metí la mano derecha y hurgué. Me hice daño con una astilla que no vi a tiempo, una herida debajo de la uña. Debería tener cuidado con eso, es lo primero que miran cuando ellos vienen a tu casa. Saqué con la ayuda de una pala pequeña todo lo que encontré: tripas, sesos. Junté una buena parte de las entrañas con los músculos. Los sesos también. Algunas vísceras no me parecieron interesantes, y las dejé con los restos que tendrían que desaparecer. Tejido conjuntivo fundamentalmente.

Cuando terminé, el recipiente estaba lleno de una especie de masa con fibras (los músculos) y otras partes de distintos colores, desde el rojo sangre al blanco sucio pasando por todas las gamas de amarillos y marrones.

Pelé una cebolla y la piqué. Abrí una lata de tomates al natural, cogí los tres que había dentro (eran pequeños), los partí por la mitad y les quité las pepitas. Luego los troceé con  un cuchillo, en realidad quedaron como una papilla sangrienta. Curiosamente, tomates y cebolla eran lo único que no estaba manchado de sangre.

Poché la cebolla.

Añadí los tomates, dos cucharadas de sal y dos de azúcar. Removí.

Luego, volqué el recipiente con los músculos, la sangre, las vísceras, los sesos. Lo dejé cocer un poco. Añadí un vasito de brandy. Mezclé. Aún era una pasta demasiado líquida. Recurrí al pan rallado. Una pizca fue suficiente. Esperé dos minutos. Metí una cuchara y probé el resultado.

El txangurro estaba listo.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Probando, probando

He pasado unas cuantas horas durante varios días revisando el experimento. He encontrado un interfaz diferente. He suprimido algunas entradas (espero que no echen de menos mis sueños) y he editado otras. En este último caso, alguna vez he avisado; otras era absurdo hacerlo. He recordado seis años bastante complicados de mi vida. He visto como ha cambiado esa vida desde que empecé, y como he cambiado yo mismo. He leído cosas hoy imposibles, y cosas que entonces consideraba imposibles se han convertido en realidad: Alonso corre con Ferrari y Rajoy es presidente del Gobierno, por ejemplo. Han desaparecido lugares y personas. Enlaces rotos que no llevan a ningún sitio, personas que participaban este blog que ya no están. O están en otras cosas. Al menos eso espero. Vídeos que en su día colgué en YouTube que parece que infringían algún tipo de derecho de autor han sido eliminados, lo mismo que algo de música que había por ahí. He arreglado lo que he podido, pero seguro que queda algún estropicio. Cualquier advertencia al respecto será bienvenida.

Revisando y censurando. He eliminado una entrada relativamente reciente que estaba de más por reiterativa, autocompasiva y repelente. Pero resulta que tenía un comentario pendiente de moderación del Sr. Perogrullo, quien parece le que encontró algo de interés. Esto lo supe después de eliminarla. Pensé en recuperarla, pero finalmente decidí dejarla donde está. Por ahí, guardada. Escondida. Con su comentario. Una porción de vida de 3,92 MB. En cualquier caso, gracias, Perogrullo.

Los motivos de esta censura son personales, en todos sus sentidos. Porque las entradas suprimidas son las más personales, personalísimas, diría yo, más todavía que las que quedan. E innecesarias, excepto para hacer un perfil psicológico de Borde Pérez (y de su alter ego, el Imbécil). Y ahora mismo, pues como que no. En el pasado ya he enseñé bastante el culo. Si alguien quiere saber que pregunte, que mi correo electrónico es fácil de encontrar y los comentarios están habilitados.

He separado esta segunda etapa de la primera con unas pestañas, algo chapuceras; otras soluciones más elegantes que he visto en Internet están fuera de mi alcance, al menos de momento. Intentaré ir puliéndolo poco a poco.

Y como casi todo lo que queremos decir está ya dicho, y además mejor de como uno es capaz de expresar, copio y pego:

"Hay formas de tristeza y de desdicha que adoptan las maneras de cierta serenidad. Se alumbra así alguna melancolía. Detalles delatores anuncian que ni las cosas van bien, ni se atisban inmediatas modificaciones. No es siempre exactamente un asunto concreto. Podría ser una suma o un conjunto de circunstancias, pero tal vez ni siquiera sea suficiente para explicarnos lo que sucede, lo que en general nos ocurre. No es necesario que se trate de algo demoledor [...] pero no hemos de ignorar a cuantos aparentemente viven menos mal en una incomodidad e insatisfacción que sería insensato atribuir a su afán de tenerlo todo resuelto. Simplemente ni esperaban esto, ni está claro que en esto consista lo que merezca la pena vivirse."

Ángel Gabilondo [http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel/2012/12/insatisfacción.html].