domingo, 24 de febrero de 2013

Miserias

A pesar de no querer hacerlo, sí que ha habido propósitos de año nuevo. Unos pocos van arrancando, con más o menos éxito, poca cosa, los preliminares podría decirse. En cambio con otros no hay forma de empezar. Porque no encuentro el momento, o precisamente por culpa de los propósitos que parece que avanzan. Uno de esos propósitos era cuidarme, ir a algún médico, practicar algún deporte suave. Bien, no hay nada de malo en ello. Así que llevé la bici al taller para que le ajustaran el desviador y le limpiaran la cadena y pedí cita a mi dentista para una revisión. La bici estaba perfecta, muy poco usada. En cambio el dentista, además de una punta rota en una muela encontró (o exactamente no encontró) algo en el esmalte de mis dientes, y por las noches he de colocarme un chisme para no acabar de cargármelo. Ese chisme se limpia con el mismo producto que las dentaduras postizas, y cuando voy a la farmacia a comprar el detergente en cuestión doy explicaciones que a la boticaria ni le van ni le vienen. Pero no puedo evitar darlas porque no quiero que piense que llevo dentadura postiza. Aún no.

Unos días después estaba en el trabajo sentado como suelo hacerlo (no lo intenten en sus casas), con las piernas cruzadas sobre el asiento de la silla. Se me durmió el pie no sé si por la flexión de la rodilla, por el peso del otro muslo o por todo a la vez. Ya me había pasado con anterioridad, así que como siempre no le di importancia y me levanté sin esperar a que volviera a circular la sangre por ahí abajo, sin sensibilidad. No apoyé con el pie plano y me torcí un tobillo. Me hice bastante daño, en el tobillo y en el orgullo: dicen que me quedé blanco como la pared. Tenía miedo. Miedo de ir a un médico de verdad y de tener que cogerme una baja. Afortunadamente fue poca cosa, pero ando (nunca mejor dicho) con pomadas, vendas, compresas frías y calientes y antiinflamatorios, acudiendo más frecuentemente a la farmacia de lo que es habitual. Yendo a trabajar en moto (a 500 metros de mi casa) y sin hacer deporte, claro.

Todo el rollo del tobillo, además de ser la exhibición de una de mis miserias, enlaza otra: no me caben los pantalones que me compré en las rebajas del año pasado. Están apenas sin estrenar, y me aferro a mi talla como una modelo bulímica y nimileurista. Chalecos que me quedaban bien ahora se suben, enseñan el cinturón, casi la camisa, marcan lo que llevo en el bolsillo del pecho. Quiero pensar que han encogido al lavarlos. Parezco una morcilla. Por eso me jode lo de no poder hacer deporte e ir a trabajar en moto, cada vez tengo más hambre y me muevo menos. La bici la tengo a mis espaldas descojonada de la risa, con las ruedas flojas.

Más: quedé con una amiga a la que no veía hace mucho. Es algo mayor que yo y la encontré como siempre. Ella en cambio miró mis pelos: casi todos blancos. Nunca he querido hacer nada al respecto  Mis canas son como mis cicatrices, me las he currado una a una. A veces pienso que pueden ser una señal, la señal de que es el momento de dejar que otras ratas corran por el laberinto buscando el Queso que no existe. Pero ese es otro asunto.

Cambiando de tema y volviendo a los propósitos de año nuevo, también pretendía convertir esto en un blog temático, no sé, como el de Sevach o el de Javier Pinazo, salvando las diferencias (que son grandes). Así que me he puesto a seguir en Twitter a varios santones de la Función Pública (aún con mayúsculas), y francamente creo que los tiros no van por ahí, y lo peor es que sospecho que lo saben. Me refiero a lo siguiente:





Etcétera (sobre todo les preocupa la reforma local).

Lo que quiero decir es que ni reforma ni pollas. Aquí nadie quiere reformar nada. Bueno, yo quiero reformar mi casa, cambiar el suelo por otro mejor y más bonito (o más a mi gusto), hacer huecos para los libros, llevar cables de datos a todas las habitaciones para no depender de una red WIFI un tanto deficiente (demasiada fibra de vidrio entre el PLADUR™), adaptar el cuarto de baño para poder entrar en la ducha con silla de ruedas, etc. Es decir, hacer mejoras. Pero en el contexto actual de las Administraciones públicas españolas, reforma equivale a dejar el suelo como está, que cada uno se busque la vida para tener Internet, y si no puedes entrar en la ducha con silla de ruedas lávate con una palangana. De libros ni hablamos. Pero no me quiero meter en ese jardín. Bueno, sólo un poquito. La edad media de los funcionarios de la GVA se sitúa entre los 48 y los 51 años. Cuadra bastante bien con el hecho de que en determinado momento las ofertas de empleo público, si las había, quedaron muy por debajo de la tasa de reposición de efectivos. Y con la que está cayendo (odio la expresión, la odio con toda mi alma, pero creo que es como mejor me explicaré) dudo mucho que en los próximos lustros se incorpore sangre joven a la cosa pública, gente de carnet aparte. De manera que el personal de la GVA continuará envejeciendo hasta que todos los que accedieron a ella entre 1982 (aprobación del Estatuto de Autonomía) y 1992 (la última y magra OPE antes de la desaparición del IVAP como organismo autónomo) se jubilen. Si no cambian las políticas de RRHH en los próximos 10 años no soy capaz de imaginar cómo será la Administración autonómica dentro de 20. Más cutre que la imagen más cutre de Jan Banning, me temo. Una Administración de la Edad Media.

Aunque tampoco era esto lo que quería decir. Ha sido como sacar el informe del comité de sabios del EBEP, airearlo un poco, lamentar que no se le hiciera caso y encargar otro. O ver como la OCDE en 2005 consideraba adecuados los salarios de los funcionarios españoles, mientras que ahora los ve excesivos (han sacado una publicación que se titula algo así como "gestionar los gastos de personal en tiempos de austeridad", con trampa en los gráficos además, y buscando el enlace descubro que encima cobran por bajar el PDF, de dónde lo sacaría yo). Y no hacer nada al respecto. Todo eso es una bufa de pato. Lo que acojona es ver como en 14 meses a España no la conoce ni la madre que la parió, por obra y gracia del Tribunal Constitucional y de ese señor que según el Financial Times sólo lee Marca y El Faro de Vigo. Preocuparse por una gripe porque te pueden dejar la nómina temblando, darte cuenta de que con el mismo trabajo no puedes mantener el nivel de vida que modestamente llevabas en 2003, o leer en El País a un señor complacido por las limitaciones del BdE a las retribuciones del ahorro de las familias ("la denominada guerra del pasivo era una guerra cainita de todos contra todos por nada" dice; por nada no, por el pasivo, no te jode. Y luego podríamos hablar de la libre competencia, y de por qué el Banco de Santander -por poner un ejemplo- retribuye más en Italia que en España, y de por qué un residente en España no puede abrir un depósito en Italia-UE, y de qué pasa con la libre circulación de capitales, y de si se trata de una forma de colocar deuda soberana a mejor precio para bajar la prima de riesgo, sorprendentemente clavada alrededor del 3,5 cuando escribo esto y desde hace ya algún tiempo). Y con las encuestas del CIS, la primera página de los periódicos y el “todo es falso menos alguna cosa”, el único que abandona su (sagrado) ministerio es justamente Ratzinger (“el Papa ha renunciado a ostentar un cargo cuyo desempeño aceptó de forma libre, alegando falta de fuerzas. Su decisión es de sentido común. Sin embargo, el matrimonio canónico contraído válidamente y consumado es indisoluble, a lo sumo sus contrayentes pueden separarse pero nunca divorciarse canónicamente, con independencia de la edad que puedan llegar a vivir los cónyuges, su felicidad o estado de ánimos”, dice Oscar Celador Angón). Pero mejor callar de lo que no se puede hablar. No hagamos nada, ya estamos saliendo de la crisis. Y maricón el último y cuando salga que apague la luz.

Voy a darle al botón publicar. Y suenan tracas.

¿Me explico?

sábado, 16 de febrero de 2013

Visión, misión, valores


Estoy confuso. Pero como no tengo claro que el término confuso sea el correcto, será mejor que lo explique. Desde un punto de vista introspectivo, sé de donde vengo pero no estoy muy seguro de donde estoy ni de donde quiero estar. Tampoco estoy seguro de donde quisiera estar ni de donde estaré. Esto sobra, por ser un fenómeno universal (o así lo creo) y porque lía. Pero ahí queda, forma parte del conjunto de detalles que adornan mi confusión. Además sospecho que a algún donde le falta la tilde.

Desde el otro punto de vista, el extrovertido o extrospectivo (extrospectivo, Dios mío, que-palabra-me-acabo-de-inventar), estoy confuso en el sentido de que no entiendo lo que pasa ahí fuera. Más correctamente debería usar el término gilipollas en lugar de confuso, pero da igual. Hace ya algún tiempo (no sé si mucho o poco pero se me ha hecho largo, eterno, esto es interesante aunque mejor lo dejo para otro día) tuve una revelación acerca de: a) mi visión y mi misión, b) unos valores que no encajaban demasiado bien con la misión que realmente estaba desarrollando y c) la importancia de la amistad verdadera. La mayoría de los elementos de esta tragedia (como diría W.) pertenecen al entorno laboral, supongo que lo habrán adivinado. Y si la adivinación no es tan fácil aquí justo acaba aclararse el ámbito de la cosa.

La revelación tuvo consecuencias, para variar. Tomé una decisión y expliqué mis razones (algunas, no todas). Quienes las escucharon compraron varias (es decir, no todas las que dije) y posiblemente otra u otras que no eran mías pero que alguien encontró en el pasillo a mi nombre. O puede que no, estoy ya fantaseando y sólo llevo unos minutos al teclado, quizá sucediera que entre mis verdaderas razones y las que realmente quedaron en la consciencia colectiva hubiera un gap (¡gap!) importante (insisto en fantasear). Volviendo a la realidad, la decisión consistía esencialmente en quitarme de en medio. Yo solito. Había dos formas de hacerlo: seguir ahí sin molestar o desaparecer totalmente. Las planteé como alternativas y me invitaron a desaparecer. Debían atender un compromiso incompatible con mi permanencia. Después averigüé que era mentira, claro. Se trataba simplemente de lo que los anglosajones llaman “ayudar a los tuyos”, costumbre que en su cultura es éticamente aceptable (acuérdense de las series americanas que tienen que ver con el empleo público, policías, fiscales, bomberos: el nuevo que entra sin recomendación suele estar mal visto). En la nuestra creo que no es tan aceptable aunque sí tradicional, como lo de tirar la cabra desde el campanario. Qué cojones, si estamos más pendientes de la próxima temporada de Homeland que del desmantelamiento del Estado español (perdón por la mayúscula), ¿por qué no importar el nepotismo e incluirlo en el pack global-Spanish Edition de lo correcto (que no es lo mismo que lo justo)?

Dejo de andar por las ramas y bajo al suelo: la conclusión era obvia, no soy “uno de los suyos”.

Pasaron los meses y la amistad verdadera se devaluó. Eso es malo y bueno, según se mire: si una amistad no vale nada, no duele perderla. Queda compensado lo uno por lo otro. La causa: una disparatada inflación afectiva y mi actitud, no vayan a creerse que no quité mi granito de arena de esa pared levantada durante casi 20 años.

La visión sencillamente desapareció. Era una visión imposible. Si alguien con dos dedos de frente no entiende que era una visión imposible, ese soy yo. O lo fui, hace año y medio. O quizá no tengo esos dos dedos de frente. O intenté cumplir un sueño y no perder una amistad.

De la misión no es necesario hablar, por consiguiente. No visión, no misión. Y decidí saltar desde no visión, no misión a no brain no pain. Mínimo esfuerzo máximo beneficio, dentro de la legalidad vigente. Por lo que pueda venir será mejor no apostar a la yegua vieja, artrítica, desnutrida e hija de puta. Apostemos al caballo ganador: no brain no pain.

Pero siempre queda algo ahí. No es brain precisamente, si bien se relaciona con él y a veces se convierte en idea o en ilusión. O bajando un poco el nivel, en expectativa. Sí, hubo expectativas de volver a donde se corta el bacalao, de estar otra vez en el ajo, to be in the garlic que decía otro ex-amigo mío, ya casi olvidado, aún no del todo. Hay que joderse, ni perdono, ni olvido, valiente imbécil. Corrijo, sí olvido, normalmente lo más importante: que el que se mueve no sale en la foto (como decía Alfonso Guerra). Y hasta aquí puedo leer (como decía Kiko Ledgard). Me desencanté una vez, dos veces, a la tercera ya parecía coña y me dije “no pain no brain”.

Lo que descubrí es que se puede no estar en la foto y sí en la orla de los comemierdas. Pero eso es otra historia. Una historia de despropósitos.

Hace un rato, mientras esperaba a que me trajeran el puto bocadillo que se supone que es mi comida, pensaba que me estaba pasando eso de que “el que se mueve no sale en la foto”. Entonces veo a un tipo sentado que se parece a otro tipo que trabajaba allá por donde ocurría todo (la capital de la aldea burocrática, donde se corta el bacalao y hay ajo). Y me acuerdo de que hizo un potente amago de movimiento, una salida del Casal y de la Nación (otra vez pido disculpas) con papas (patatas, este texto descontextualizado necesita aclaraciones), olivas (aceitunas), cervezas y regalo de despedida (pagado del bolsillo de cada cual). Pero finalmente no se fue, algo se traspapeló (no hay que celebrar nada sin papeles, chicos y chicas). Y ahí sigue, y sin devolver el regalo. Ergo el que se mueve no sale en la foto, o sí. Depende de lo rápido que lo haga, o de cómo lo haga, o de yo qué sé qué cojones tiene esa gente en la cabeza. (dudas otra vez con las tildes en qué).

O de si, en definitiva, no está en la foto pero sí en la orla de comemierdas.

En este texto descontextualizado no sé si se entenderá lo que voy a decir ahora: oferta y demanda no casan. O me infravaloran o me sobrevaloro. Así que los que dicen que tengo la autoestima baja vayan cerrando la boca, por favor.

Voy a pulsar el botón publicar. Creo que me arrepentiré. O no. O yo qué sé. Qué más da.