sábado, 16 de febrero de 2013

Visión, misión, valores


Estoy confuso. Pero como no tengo claro que el término confuso sea el correcto, será mejor que lo explique. Desde un punto de vista introspectivo, sé de donde vengo pero no estoy muy seguro de donde estoy ni de donde quiero estar. Tampoco estoy seguro de donde quisiera estar ni de donde estaré. Esto sobra, por ser un fenómeno universal (o así lo creo) y porque lía. Pero ahí queda, forma parte del conjunto de detalles que adornan mi confusión. Además sospecho que a algún donde le falta la tilde.

Desde el otro punto de vista, el extrovertido o extrospectivo (extrospectivo, Dios mío, que-palabra-me-acabo-de-inventar), estoy confuso en el sentido de que no entiendo lo que pasa ahí fuera. Más correctamente debería usar el término gilipollas en lugar de confuso, pero da igual. Hace ya algún tiempo (no sé si mucho o poco pero se me ha hecho largo, eterno, esto es interesante aunque mejor lo dejo para otro día) tuve una revelación acerca de: a) mi visión y mi misión, b) unos valores que no encajaban demasiado bien con la misión que realmente estaba desarrollando y c) la importancia de la amistad verdadera. La mayoría de los elementos de esta tragedia (como diría W.) pertenecen al entorno laboral, supongo que lo habrán adivinado. Y si la adivinación no es tan fácil aquí justo acaba aclararse el ámbito de la cosa.

La revelación tuvo consecuencias, para variar. Tomé una decisión y expliqué mis razones (algunas, no todas). Quienes las escucharon compraron varias (es decir, no todas las que dije) y posiblemente otra u otras que no eran mías pero que alguien encontró en el pasillo a mi nombre. O puede que no, estoy ya fantaseando y sólo llevo unos minutos al teclado, quizá sucediera que entre mis verdaderas razones y las que realmente quedaron en la consciencia colectiva hubiera un gap (¡gap!) importante (insisto en fantasear). Volviendo a la realidad, la decisión consistía esencialmente en quitarme de en medio. Yo solito. Había dos formas de hacerlo: seguir ahí sin molestar o desaparecer totalmente. Las planteé como alternativas y me invitaron a desaparecer. Debían atender un compromiso incompatible con mi permanencia. Después averigüé que era mentira, claro. Se trataba simplemente de lo que los anglosajones llaman “ayudar a los tuyos”, costumbre que en su cultura es éticamente aceptable (acuérdense de las series americanas que tienen que ver con el empleo público, policías, fiscales, bomberos: el nuevo que entra sin recomendación suele estar mal visto). En la nuestra creo que no es tan aceptable aunque sí tradicional, como lo de tirar la cabra desde el campanario. Qué cojones, si estamos más pendientes de la próxima temporada de Homeland que del desmantelamiento del Estado español (perdón por la mayúscula), ¿por qué no importar el nepotismo e incluirlo en el pack global-Spanish Edition de lo correcto (que no es lo mismo que lo justo)?

Dejo de andar por las ramas y bajo al suelo: la conclusión era obvia, no soy “uno de los suyos”.

Pasaron los meses y la amistad verdadera se devaluó. Eso es malo y bueno, según se mire: si una amistad no vale nada, no duele perderla. Queda compensado lo uno por lo otro. La causa: una disparatada inflación afectiva y mi actitud, no vayan a creerse que no quité mi granito de arena de esa pared levantada durante casi 20 años.

La visión sencillamente desapareció. Era una visión imposible. Si alguien con dos dedos de frente no entiende que era una visión imposible, ese soy yo. O lo fui, hace año y medio. O quizá no tengo esos dos dedos de frente. O intenté cumplir un sueño y no perder una amistad.

De la misión no es necesario hablar, por consiguiente. No visión, no misión. Y decidí saltar desde no visión, no misión a no brain no pain. Mínimo esfuerzo máximo beneficio, dentro de la legalidad vigente. Por lo que pueda venir será mejor no apostar a la yegua vieja, artrítica, desnutrida e hija de puta. Apostemos al caballo ganador: no brain no pain.

Pero siempre queda algo ahí. No es brain precisamente, si bien se relaciona con él y a veces se convierte en idea o en ilusión. O bajando un poco el nivel, en expectativa. Sí, hubo expectativas de volver a donde se corta el bacalao, de estar otra vez en el ajo, to be in the garlic que decía otro ex-amigo mío, ya casi olvidado, aún no del todo. Hay que joderse, ni perdono, ni olvido, valiente imbécil. Corrijo, sí olvido, normalmente lo más importante: que el que se mueve no sale en la foto (como decía Alfonso Guerra). Y hasta aquí puedo leer (como decía Kiko Ledgard). Me desencanté una vez, dos veces, a la tercera ya parecía coña y me dije “no pain no brain”.

Lo que descubrí es que se puede no estar en la foto y sí en la orla de los comemierdas. Pero eso es otra historia. Una historia de despropósitos.

Hace un rato, mientras esperaba a que me trajeran el puto bocadillo que se supone que es mi comida, pensaba que me estaba pasando eso de que “el que se mueve no sale en la foto”. Entonces veo a un tipo sentado que se parece a otro tipo que trabajaba allá por donde ocurría todo (la capital de la aldea burocrática, donde se corta el bacalao y hay ajo). Y me acuerdo de que hizo un potente amago de movimiento, una salida del Casal y de la Nación (otra vez pido disculpas) con papas (patatas, este texto descontextualizado necesita aclaraciones), olivas (aceitunas), cervezas y regalo de despedida (pagado del bolsillo de cada cual). Pero finalmente no se fue, algo se traspapeló (no hay que celebrar nada sin papeles, chicos y chicas). Y ahí sigue, y sin devolver el regalo. Ergo el que se mueve no sale en la foto, o sí. Depende de lo rápido que lo haga, o de cómo lo haga, o de yo qué sé qué cojones tiene esa gente en la cabeza. (dudas otra vez con las tildes en qué).

O de si, en definitiva, no está en la foto pero sí en la orla de comemierdas.

En este texto descontextualizado no sé si se entenderá lo que voy a decir ahora: oferta y demanda no casan. O me infravaloran o me sobrevaloro. Así que los que dicen que tengo la autoestima baja vayan cerrando la boca, por favor.

Voy a pulsar el botón publicar. Creo que me arrepentiré. O no. O yo qué sé. Qué más da.

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