viernes, 14 de noviembre de 2014

La ciudad devastada


Decido dar una vuelta a mitad mañana. Camino sobre el chirriante suelo técnico hasta los ascensores, pulso y monto en el primero que llega para bajar. Zaguán, hall o lobby, cruzo la puerta giratoria -es curioso que hayan optado por una puerta giratoria para un lugar como éste (lobby, lobby)- y salgo a la calle. Me dirijo hacia el río. Veo una pasarela en la que no me había fijado antes, está fuera de mi ruta de acceso y también de la de escape. Es una plataforma metálica, pintada de amarillo, su anchura apenas permite el paso de alguien que la cruce en dirección contraria. Los barrotes rodean al transeúnte, abajo, izquierda, derecha, arriba, pero no resguardan del viento ni de la lluvia. Más o menos en el centro hay una construcción de hormigón y acero. Está sobre un estanque con dos compuertas que se supone que regulan el caudal entre un charco superior y el inferior. El edificio tiene escaleras, vanos de puertas y ventanas, algunos tapiados o enrejados. Falta suelo en algunas superficies, quizá por precaución, puede que por negligencia. No recuerdo haber visto ningún cartel prohibiendo el paso. En la pared junto a la pasarela, una pintada: "La Biblia es una historia muy buena, pero no es una historia cierta", o algo así. Tres pequeños pentagramas abajo a la derecha. Asomo la nariz entre los barrotes; abajo, junto al agua, unos espacios que no sé como definir albergan lo que parece ser la cama de alguna persona que duerme allí de vez en cuando. Sigo caminado. En la otra orilla edificios residenciales con bajos comerciales. Una mutua de accidentes de trabajo. A un lado una gasolinera y el aparcamiento de un hipermercado. Al otro lado, más o menos cada cincuenta metros, un local en alquiler o venta de lo que fueron oficinas de bancos o cajas. Pilotes de acero para evitar alunizajes. Una frutería pakistaní. Una farmacia. Una asesoría jurídica cerrada. Una fracasada cafetería pretenciosa, ahora los cristales tapados con papeles. Un estanco sin clientes.

Me siento en un pequeño parque entre las persianas bajadas de los locales comerciales. Intento tomar alguna nota, no llevo nada para escribir y el teléfono móvil me parece más que nunca un triste plástico en el que jamás encontraré consuelo. Tampoco sé qué anotar. Me digo a mí mismo que debo recordar cada paso que dé, casa cosa que vea.

Hora de volver. Cruzo de nuevo la pasarela, cómo será aquello de noche. Al fondo de los cuatro planos que forman la jaula de hierro que es el camino se ve una persiana echada con un graffiti. No recuerdo lo que dice.

Cerca de mi destino veo personas que no son del barrio, injertadas allí por los mismos motivos por los que cerraron las oficinas de bancos o cajas o asesorías jurídicas y por los que el estanco está vacío. Personas extrañas que salen de las Torres de Mordor para desayunar en cafeterías nuevas  en bares obreros que llevan allí toda la vida repartiendo platos con olivas, bocadillos king-size, cerveza y carajillo y que ahora tienen que adaptarse a la demanda de tostadas con tomate. Esas mismas personas devoradoras de tostadas con tomate, y yo también, al acabar la jornada montaremos en vehículos galácticos y conduciremos a través del hiperespacio hasta llegar a nuestras casas. Materia a través de agujeros de gusano.

1 comentario:

Lobo dijo...

¡¡¡Madre mía!!!, lo que empezó a lo Norman Foster acaba en una especie de Star Wars de barrio con espadas laser de esas de plástico con luz de led y un aberrante sonido mal imitado ... :-)

Me alegra mucho leerle de nuevo. Siempre es un pequeño placer ...

Abrazo fuerte amigo mío.