miércoles, 30 de julio de 2014

El retrato

Hace seis años un amigo que juega al tenis, toca la guitarra, monta en Vespa, hace fotografías y se gana la vida con un restaurante coreano, me cazó cerca del Mercado Central y me hizo una foto, así, sin pensarlo mucho. Yo iba vestido de faena, pero el resultado me gustó especialmente (quizá porque es el único retrato medio reciente que tengo). Lo enmarcamos y lo colgamos con otras fotos de familia hechas por nuestro amigo tenista, guitarrista, vespista y korean-chef. Es la foto que pongo en mi currículum vitae y la que uso como avatar en los sitios donde no me preocupa dar la cara y mi verdadero nombre.

Paso por delante de ella todos los días varias veces, pero no sé por qué hace un par de semanas me quedé mirándola. Era como el retrato de Dorian Gray pero al revés, es decir, la cruda realidad. El retrato se había quedado en 2008, yo no. Parecido corte de pelo, parecida barba, mismas gafas. Parecida ropa, tuve que tirar aquel impermeable naranja porque perdió su principal función, he buscado otros de color naranja sin éxito, este año se lleva el rojo y el pistacho. Pero bueno, la foto es en blanco y negro y me compré un chubasquero gris, así que podría mantenerse la impresión general. Me miro el pelo: el corte es el mismo, pero no la cantidad. El bigote: más poblado para esconder una cicatriz que antes no estaba ahí, un accidente, algo que hizo que aparcara las motos más de lo que ya lo estaban. Las gafas: el esmalte prácticamente ha desaparecido. La sonrisa: también, creo. Digo creo porque por mucho que lo intente soy incapaz de sonreír delante del espejo. Pero lo peor es la mirada.

En 2008 aún había esperanza.

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